¿Quiénes son los equivocados? – VI

Written by Daniel Muñoz on . Posted in [:es]Noticias[:en]News[:], 2019

En los partidos llamados de avanzada sucede muy a menudo una cosa muy curiosa: hombres que ayer contaban con la adhesión, la admiración y el fervor de la masa de un partido y de sus líderes, hoy, por circunstancias siempre inesperadas, pasan a ser, en el concepto de esa masa y de esos líderes, individuos desvirtuados, traidores, confusionistas, provocadores.

Esto es lo que respecta al partido y a sus líderes. En lo que respecta al hombre a quien ayer se admiraba, se mimaba y se halagaba y que hoy es considerado como traidor, confusionista y provocador, sucede lo mismo: de la noche a la mañana o de un día para otro, y por circunstancias siempre inesperadas, sus antiguos compañeros, aquellos con quienes compartió la dirección espiritual de ese partido, esos que lo alababan y a quienes también alababa, que decían lo mismo que él decía y a quienes, aparentemente, estaba unido por un ideal situado muy por encima de bajos intereses y mezquinas pasiones, pasan a ser, en su concepto, individuos despreciables, banales, prevaricadores, corrompidos.

¡Repentino y extraordinario cambio! Ayer había una unidad que parecía indestructible; hoy, una enemistad a muerte. Los que ayer eran considerados como puros son estimados hoy como impuros; los que ayer eran llamados fieles son hoy tachados de traidores. ¿Cómo ha podido suceder esto? No lo sabemos. Stalin que ha dado en este siglo los más grandes espectáculos de esa índole, sería el único que podría explicarlo. Y digo el único porque bien sabemos que aquellos que, en su concepto, de la noche a la mañana se convirtieron de puros en impuros y de fieles en traidores, no podrán ya nunca explicar nada. R. I. P.

Sin embargo, y como no tenemos esperanza alguna de que ese dictador ruso dé alguna vez una explicación satisfactoria para todos, para los vivos y para los que descansan en paz, más para los primeros que parar los segundos, ya que a estos no les servirá para maldita la cosa, debemos, sino intentar nosotros la explicación, por lo menos curiosear, con espíritu erudito, alrededor de este misterio político.

Durante mucho tiempo anduvieron juntos y mezclados los fieles de ayer y los traidores de hoy, los puros de antaño y los corrompidos de hogaño. ¿Sabían ya, unos y otros, que aquellos eran impuros y que éstos eran traidores? Sin duda que lo sabían, puesto que hoy se llaman así entre ellos. Y si lo sabían, ¿por qué motivo se lo callaban? Ese silencio es sospechoso: o todos eran simuladores o todos eran unos cobardes, y si no cobardes, individuos que pueden soportar, sin asco, las mayores inmundicias. Se dirá que pueden haber callado por no querer dividir el partido, pero esto resulta peor: coloca los ideales por debajo del interés de partido, lo cual significa, en buenas cuentas, que el ideal ése vale bien poco para esos individuos, o que no valen nada para nadie.

Pero creo que sería en vano darle vueltas al asunto. La explicación de esto no corresponde sino al psicoanálisis o a la simple psiquiatría. Y si no fuera porque son las humildes y manoseadas masas las que, al fin, pagan el pato, la cosa sería divertida.

MANUEL ROJAS
Las Últimas Noticias, septiembre de 1940

Nuestra esperanza sólo puede venir de los sin esperanza – V

Written by Daniel Muñoz on . Posted in [:es]Noticias[:en]News[:], 2019

Hace algunos años, en los días en que empezó la invasión de Italia por los ejércitos aliados, escribí, para manifestar mi íntimo regocijo, un artículo que titulé: «De qué se nutre la esperanza»… Esperanza es una palabra que tiene un halo romántico y poético, es como cosa del futuro, una palabra suave y larga, de buen tono: parece indicar paciencia, resignación, pero eso es si se la considera como virtud teologal: confiar en Dios es tener esperanza; pero, aunque la palabra, en ese sentido, indica paciencia y resignación, en otro sentido no es así. Porque a veces el ser humano, si puede, y casi siempre puede, trabaja o actúa para que su esperanza se haga realidad…

Casi no se puede concebir un ser humano que no tenga una esperanza, siquiera una, pero la verdad es que hay muchos que no la tienen. La miseria y la ignorancia trabajan contra la esperanza, matan la esperanza. ¿Qué esperanza? ¿De qué esperanza me habla? ¿Esperanza de qué y para qué? En el fondo de los conventillos y de los campos, en los ranchos del sur y del norte, en las rinconadas y valles, en los caseríos de la costa y de las orillas de los ríos, del Maule o del Bío Bío, del Valdivia o del Rahue, entre las selvas y los lagos, en las islas, hay centenares de miles de seres humanos que no tienen esperanzas de nada. Sus familias viven en las mismas condiciones en que han vivido durante trescientos o cuatrocientos años o más, sin ningún horizonte mental, sólo un horizonte de agua o de tierra, de soledad, de miseria, de ignorancia.

Pero un estudiante francés escribió, en algún muro de París, durante las revueltas de 1968, una frase que decía: «Nuestra esperanza sólo puede venir de los sin esperanza». ¿Qué quería decir con eso? ¿Cómo nuestra esperanza puede venir de los sin esperanza?

Para aclarar esa frase deberíamos tal vez recordar y remontarnos a los tiempos de los faraones, aunque el hecho que aclara esa frase ocurrió mucho después: cuando un faraón moría y se le depositaba en su tumba, se le dejaba cerca, para ser utilizado en su viaje a las tinieblas, agua y alimentos, entre ellos trigo. Tal ocurrió, entre varios, con Tut-ank-ammon (Imagen viviente de Ammon), que reinó durante los últimos mil años de la prehistoria. Fue enterrado en el Valle de los Reyes, cerca de Luxor, y fue desenterrado en 1922 por Lord Carnarvon y por Mr. Howard Carter, arqueólogos que hallaron, acompañando la momia del faraón, los alimentos señalados.

Tal vez el agua se había desvanecido, tal como el pan y la miel, pero el trigo, no sé qué clase de trigo, tal vez trigo fanfarrón o tal vez trigo cuchareta, que hasta hoy se cultiva en Andalucía y otros lugares del Mediterráneo, resistía aún: quizá se había deshidratado un poco, achicándose, pero cuando alguien tuvo la idea de hacer con él la prueba y lo metió bajo tierra y le echó unas gotas de agua para ayudarle, el triguito aquel sintió el llamado del hombre y se hinchó y echó una espiga, una pequeña espiga: aquí estoy. Y sacó pecho y creció. Sólo unas pocas gotas de agua bastaron para hacerle olvidar sus tres mil años de tumba faraónica.

En el caso de que hablamos, esas gotas de agua se llaman educación, ayuda, compañía. Y el trigo y la esperanza se irán para arriba.

MANUEL ROJAS
Diario Clarín, diciembre de 1970

Apoye a la Fundación

Si usted tiene información o material sobre Manuel Rojas y quiere compartirlo o hacer una donación, por favor tome contacto con la Fundación. De antemano agradecemos su apoyo y generosidad.