“De la Poesía a la Revolución”

15.09Manuel-Rojas-De-la-poesia02
Manuel Rojas Foundation. Santiago – Chile, 27th of september 2015

After 77 years, LOM reissued “De la poesía a la revolución”, this essay book of Manuel Rojas remains a central contribution to the Chilean theory and literary history, even today. In this collection of twelve key texts, Rojas expressed his views on poetry and literature, both Chilean and universal, and their relations with politics. The Manuel Rojas Foundation was in charge of the annotation of the work, which brings it to new generations of readers of a multifaceted and ever-present Manuel Rojas. The author of the prologue is Grínor Rojo.

Vigente desde los años 30

A inicios del mes de septiembre fue publicada por LOM la re-edición del libro “De la poesía a la revolución”, aparecido por primera vez en 1938 y compuesto de doce ensayos publicados originalmente en la Revista Atenea de la Universidad de Concepción, entre 1929 y 1937.

15.09.Manuel-Rojas-De-la-poesia01Precedido de un prólogo de Grínor Rojo, el libro es un aporte central a la teoría e historia literaria y expresa la preocupación de Rojas por abrir la literatura chilena a nuevas problemáticas e interrogantes que hasta entonces no se habían abordado. Da cuenta, asimismo, del circuito cultural existente en el país en los años 30 y de las principales obras leídas y comentadas por las nuevas generaciones de escritores.

Pese a que la poesía no fuese un género en el que Rojas destacara, el ensayo más largo y que abre el libro está dedicado a reflexionar sobre la obra poética. “Divagaciones alrededor de la poesía” aborda temas referentes a los tiempos de inspiración y gestación en una obra, así como establece y marca posiciones respecto a sus referentes culturales, fundamentalmente de inspiración francesa.

De actualidad considerable continúan siendo los ensayos “Acerca de la literatura chilena”, y “Reflexiones sobre la literatura chilena”. Expresión de ello, es que ambos se han incorporado en diversas antologías sobre la producción ensayística del autor (tales como “La prosa nunca está terminada”), y con frecuencia siguen citándose en estudios académicos referentes a las problemáticas históricas de nuestro campo literario.

La relación entre la literatura y la política también es otro de los ámbitos de los que se ocupa Rojas. Claramente en este caso destaca el profusamente citado “Lance sobre el escritor y la política”, ensayo incluido por primera vez en este libro, pese a que, como sabemos, este nunca fue un tema ausente en sus escritos y experiencia de vida. De ello dan cuenta, por ejemplo, sus reflexiones respecto a personajes como José Martí y León Trotsky, cuyas semblanzas biográficas destacan ante todo por la importancia que atribuye a ambos personajes como revolucionarios e intelectuales en sus respectivas sociedades.

Algo similar ocurre con los escritores a quienes destaca como inspiración. En nada lejanos a la política de su tiempo, releva a Horacio Quiroga y Máximo Gorki como autores que incorporaron temáticas, personajes y espacios que no formaban parte de los ambientes literarios tradicionales. En este caso, y al igual que con Martí y Trotsky, hay una referencia consciente, primero, de incorporar a los latinoamericanos al curso de una Historia Universal, y por otra, expresar la admiración hacia el pueblo ruso que condujo su revolución.

Estas semblanzas biográficas y políticas alimentan las páginas de los ensayos aquí incluidos y titulados: “La tragedia de Alberto Edwards”, “José Martí y el espíritu de los pueblos”, “León Trotsky y la dinámica revolucionaria”, “Horacio Quiroga”, o “Máximo Gorki ha muerto”.

Por último, una de las reflexiones más interesantes está contenida en “La creación en el trabajo”. Desde una postura claramente anarquista, compara al artesano con el escritor, discutiendo implícitamente con los socialistas y las lecturas marxistas que circulaban en la época, y estableciendo una clara distancia personal y política con el obrero industrial enarbolado como el sujeto intrínsecamente revolucionario. En este sentido, una postura similar y crítica a los procesos de modernización, leemos en su discusión de uno de los pasajes de la novela de Samuel Butler “Las máquinas de Erewhon”.

En síntesis, y en términos de conjunto, se trata de una publicación que conjuga lo estrictamente literario, con concepciones filosóficas y personajes de la política contingente y revolucionaria.

Una nueva vida

Esta primera re-edición 77 años después de publicado el libro original en 1938, surgió cuando la Fundación Manuel Rojas constató lo poco difundidas que son esta obra así como “El árbol siempre verde”, libros fundamentales para la crítica e historia literaria. De hecho, se puede decir que los ensayos contenidos en estos libros han circulado casi exclusivamente en ámbitos académicos, lo cual sin duda se debe a los escasos ejemplares disponibles, pero también a que todos estamos muchos más familiarizados con el Rojas novelista y cuentista.

Ante esta situación, la Fundación Manuel Rojas en conjunto con LOM decidieron re-publicar “De la poesía a la revolución” con el fin de darle circulación, de acercar al Rojas ensayista a las nuevas generaciones, y de relevar la actualidad que siguen teniendo sus reflexiones político-filosófico-literarias, más allá de que ciertos formalismos se encuentren obsoletos o en retirada.

En esta edición, se mantuvieron todos los ensayos en su orden original. El trabajo de edición estuvo a cargo de Daniel Muñoz y Lorena Ubilla y consistió, por una parte, en presentar al lector una idea panorámica e histórica del contexto de producción de cada texto, y por otra, en la incorporación de notas al pie de página con referencias biográficas y bibliográficas de los autores mencionados, en el entendido de que una parte de ellos pueden ser desconocidos o de escasa circulación el día de hoy.

De esta forma esperamos que la obra se acerque a las nuevas generaciones de lectores de un multifacético Manuel Rojas.

A continuación se reproducen dos comentarios sobre la obra, el primero es un extracto del prólogo de Grínor Rojo a esta nueva edición y el segundo una comentario crítico de Enrique Espinoza, escrito en la revista Babel en el año 1940.


Grínor Rojo: ¿Cómo releer “De la poesía a la revolución”?

Extracto del prólogo a “De la poesía a la revolución” – LOM, Santiago de Chile, 2015.

Un libro valioso, obra de un hombre que quiso ser un intelectual chileno libre y honesto, autor de algunos poemas buenos, de cuentos y novelas aún mejores y de una novela definitivamente excepcional, tal vez el punto más alto al que se ha llegado en Chile en el cultivo de este género de literatura, pero también de estos ensayos en los cuales explicó, en los que trató de explicar, cómo asumía él su arte y cómo veía que lo estaban asumiendo sus pares.

Con una educación formal precaria, como muchas de las mejores cabezas que han visto la luz en nuestra esquina del mundo (Recabarren, Mariátegui, Bolaño), Manuel Rojas se las arregló para educarse él por su propia cuenta. Leyó mucho, muchísimo, para entenderse de ese modo a sí mismo, para entender los requerimientos de su oficio y para entender la realidad política y social en que vivió. Y es la huella de esas lecturas, de lo que ellas suscitaron en su inteligencia y en su sensibilidad, lo que está en este “De la poesía a la revolución” y en su literatura toda.

Mi opinión es que a nadie que hoy se acerque a esa literatura con verdadera seriedad le está permitido ignorarla…


Enrique Espinoza: “De la poesía a la revolución”

Revista Babel, Nº 13, Santiago de Chile, 1940, pp. 59-64.

Manuel Rojas, argentino de nacimiento; pero achilenado por una larga residencia de este lado de la cordillera, repite en las letras americanas el caso del uruguayo-argentino Horacio Quiroga, a quien por lo demás se parece por su espíritu libre de toda retórica.

15.09Manuel-Rojas-Enrique-EspinozaAhora bien, si en el caso del inolvidable autor de “Anaconda” pudo reducirse el dualismo de su nacionalidad a un común denominador que fue el Río de la Plata, a fin de darle el título de escritor “ríoplatense”, al que ya se había hecho acreedor a principios del siglo, Florencio Sánchez, en el caso de Manuel Rojas cabe hacer lo mismo, aplicándole el calificativo troncal de escritor andino. Con lo que, es claro, su obra no dejará de ser menos chilena, como no es menos argentina la de Horacio Quiroga, a pesar de su fortuita condición de cónsul uruguayo.

Lo mismo que Quiroga, Rojas es sobre todo un cuentista de buena ley. Entre sus primeras historias recogidas en el volumen titulado “Hombres del sur”, figura una, en gran parte autobiográfica, donde bajo el nombre de su protagonista: Laguna, Rojas nos cuenta cómo la necesidad lo llevó a hacerse pasar por chileno, para ser admitido en los duros trabajos de la construcción del ferrocarril internacional a través de los Andes.

Pero chileno para los argentinos o argentino para los chilenos, Manuel Rojas es desde el principio uno de los escritores americanos más singulares de su época. Tanto en sus primeras colecciones de cuentos: “El delincuente” y “Travesía”, como en sus últimas novelas: “La ciudad de los Césares” y “Lanchas en la bahía”, Manuel Rojas nos traza una imagen bien definida de su personalidad de hombre y de escritor. “De la Poesía a la Revolución”, su nuevo libro de ensayos periodísticos en la más alta significación de esta palabra, tantas veces rebajada sin causa, contribuirá sin duda a completar aquella imagen, mostrándonos, por así decirlo, la faz especulativa de su pensamiento. En ese sentido, “De la Poesía a la Revolución” constituye asimismo una obra representativa de nuestro tiempo. El libro empieza con siete “divagaciones alrededor de la poesía”, enfocada esta última desde un punto de vista puramente técnico, como experiencia literaria, no más. Estos capítulos escritos en 1930 y publicados en las páginas de una revista universitaria, se resienten de cierta preocupación demasiado circunstancial, nacida de una resonante polémica que hubo por entonces en París sobre el mismo tema. Aunque Rojas se vale, al principio y al fin de sus “divagaciones”, de algunos ejemplos de la poesía chilena (y también de la española), no consigue, sin embargo, dirimir las particularidades idiomáticas inherentes a la creación del verso en nuestra lengua, limitándose a subrayar distintas consideraciones generales de Paul Valéry, Jean Epstein y otros teóricos franceses. En los tres capítulos siguientes, el ensayista pisa terreno más firme. Como que aborda en ellos los problemas específicos de la literatura chilena, la novela y la crítica, en particular.

A raíz de una conferencia de Raúl Silva Castro en la que este crítico sostuvo que todas las grandes inquietudes de la inteligencia estaban ausentes de la literatura chilena porque “ella está entregada, con leves excepciones a hombres mesócratas”, Rojas escribe una larga réplica en la que aceptando en gran parte la realidad señalada, discute, no obstante, su causa.

Pero, a nuestro parecer, Silva Castro, no andaba descaminado cuando decía: “Una clase social deprimida y siempre temerosa de caer en lo arbitrario, no puede crear un arte grande”. ¿Por qué? Pues por falta de personalidad, precisamente. El poeta Heine, que no fue amigo de Boerne, como puede deducirse del libro implacable que le dedicó hace justamente cien años, no deja de reconocer la verdad de las siguientes palabras del famoso emigrado, en sus “Cartas de París”: “Mi desgracia está en haber nacido en la clase media, para la cual no estoy del todo hecho. Si mi padre hubiera sido millonario o mendigo, y yo el hijo de un gran señor o de un vagabundo, habría llegado a ser ciertamente alguien. La mitad del camino que otros me llevaban de ventaja por su nacimiento, me ha descorazonado; si me hubiesen llevado de ventaja todo el camino no los habría visto y de seguro los habría alcanzado. Pero a causa de mi posición, me veo obligado a ser el péndulo de la balanza burguesa, oscilando ora a la derecha, ora a la izquierda, volviendo siempre al medio”.

Claro que Silva Castro sostiene su tesis con un afán oligárquico; pero en esto apenas hace hincapié Rojas, deteniéndose más bien a culpar al medio ambiente en general. Desde luego, el medio tiene su importancia; pero no hasta el punto que le atribuye Rojas, al suponer graciosamente, cuál habría sido la suerte de un André Gide nacido en Chile el año 1869. Esto es absurdo. El mismo Gide afirma en una de sus primeras obras: “El artista no puede trabajar sin un público; cuando carece de él, no hace más que inventarlo. Vuelve la espalda a la época en que vive y aguarda del porvenir lo que el presente le niega”.

No otra cosa hicieron, verbi gratia, Stendhal y Nietzsche para ser fieles a ellos mismos. Su desafío a los medios sociales en que les tocó actuar constituye justamente su gloria. El escritor es siempre un producto de la sociedad en que se desarrolla, lo mismo que el propio idioma que maneja. ¿Qué hay de más común que las palabras del diccionario? Pero es preciso infundirles un carácter particular, por el cual se distinga la personalidad del escritor como se distingue la voz del hombre en la conversación. En esto y no otra cosa consiste el estilo y la personalidad, hablando literaria y vitalmente.

Manuel Rojas llega a una conclusión parecida en el tercero de los ensayos que comentamos al decir en forma campechana: “Muchas veces he pensado que los escritores de por acá (me refiero a toda Hispanoamérica) hemos pasado de la simple narración oral a la narración escrita sin sufrir el proceso de la individualización, es decir, sin dar a la obra literaria el sello de una intima personalidad, sin poner en ello lo que en nosotros puede haber de verdaderamente creador en el sentido literario”.

Los artículos que Rojas dedica a continuación a las personalidades tan claras y distintas, cada una en su esfera, de Máximo Gorki y Horacio Quiroga, con ser sumarísimos, aunque no meras necrologías, desde luego, contienen, a nuestro juicio, algunas de las mejores páginas del libro. Y son respectivamente, en lo universal y lo nacional, ilustraciones vivas y convincentes de la tesis que compartimos. A Manuel Rojas le interesan los hombres —algunos hombres— y quiere marchar con ellos al encuentro del hombre. Su introducción al hermoso trabajo sobre Horacio Quiroga, quien, por cierto, no fue más erudito en letras clásicas que el propio Rojas, es notable por la sinceridad de su expresión viril y humana. En las últimas líneas, recurriendo a una imagen que no puede ser más exacta, Rojas dice que el estilo de Quiroga le sugiere: “una de esas herramientas que los trabajadores solitarios de las montañas o de la selva, mineros o carboneros, imposibilitados de adquirir nuevas, hacen por sus propias manos y que, careciendo del tipo standard, ostentan, en cambio, al mismo tiempo que la noble dureza del material con que fueron construidas, la gracia personal y espiritual del que las hizo”.

Difícil, en verdad, superar este símil tan poco literario, pero tan profundo y que tanto dice de la estética callada del uruguayo-argentino como de la consciente admiración de su hermano argentino-chileno.

La segunda parte del libro de Rojas consta igualmente de seis ensayos en los que el autor aborda otros dos temas fundamentales: el de la máquina y la creación en el trabajo, a propósito de “Erewhon”, de Samuel Butler; y el del escritor en la política, analizando principalmente el caso de José Martí en América y el de León Trotsky en la U.R.S.S. Que Rojas no es un espíritu retrógrado de esos que sueñan una imposible vuelta a la Edad Media, sino un verdadero revolucionario, capaz de afrontar la realidad en su desnudez y hasta como la visten los demagogos, se hace evidente sobre todo en las cinco páginas escasas en que sintetiza la posición del escritor junto al político. No decimos frente al político, porque Rojas admite la necesidad de una colaboración; pero muy distinta a la que se entregaron muchos escritores en la década pasada. Lo que Rojas discute en primer término es la conveniencia de que el escritor se enrole en un partido cualquiera para escalar el poder. Al respecto escribe con su acostumbrada franqueza: “Los partidos políticos parece que sólo necesitan del escritor hasta el día antes de subir al poder. Una vez allí el escritor es relegado automáticamente al último término. Se acabaron las ideas, ahora vienen los hechos, necesitamos hechos, no psicologías”. Y Rojas concluye preguntándose: “Si los políticos terminan por defenderse con hechos, no con ideas, ¿qué puede hacer entonces el escritor?”

Según nuestra opinión, que no admite ninguna dualidad entre la teoría y la práctica, el escritor sólo debe tomar partido en el sentido histórico y no en el inmediato, electoral, que a tantas feas transacciones lleva al político, huérfano de ideas y afanoso de hechos. El escritor no debe mantenerse aparte o por encima y menos en el medio, sino en su verdadero y justo lugar de siempre. Con el filósofo debe entender por realidad y perfección la misma cosa. Sobre todo, si su pensamiento es la expresión exacta de la realidad. Cuando la realidad no se aviene con la teoría, ha dicho Lenin, que al mismo tiempo que un realizador era un hombre de pensamiento, tanto peor para la realidad. Esto significa que hay que perfeccionarla. No otra cosa hace el artista, una y muchas veces, cuando su obra no está de acuerdo con su concepción. El escritor aspira o debe aspirar al cielo de la permanencia, dejando lo pasajero e inmediato a los oradores que cambian sus palabras por aplausos, cuando no por monedas, como dice Ernesto Montenegro, cuya fórmula de emplearse a muerte para sobrevivir, recordamos siempre. La misión del escritor es desinteresada y en ningún caso debe presentar la cuenta de sus servicios, pues éstos no tienen paga; son un valor en sí. Para Rojas un proceder semejante supone una invitación al heroísmo; pero es también, a su juicio, la única actitud digna de un escritor. “De la Poesía a la Revolución” lo confirma de la primera a la última página.


Acceda al libro y al ensayo “Las Máquinas de Erewhon”


Manuel Rojas Foundation

Home
Contact
Links
Site map
Copyright

Support the Foundation

If you have information or material about Manuel Rojas and want to share it or make a donation, please contact with the Foundation. We appreciate your support and generosity.