González Vera reunido

Fundación Manuel Rojas. Santiago de Chile, 1 de noviembre de 2013

Hace solo algunas semanas se han publicado las Obras completas de González Vera. Sumándose a la celebración de este gran acontecimiento editorial, la Fundación Manuel Rojas ha reunido algunos testimonios cruzados de la inseparable amistad que unió a José Santos González Vera con Manuel Rojas.

González Vera reunido

González Vera y Manuel Rojas constituyen sin duda la pareja de amigos más destacada de la narrativa chilena. Su inseparable amistad se construyó a lo largo de toda una vida compartida: de subsistencia en el mundo popular, de convicciones y luchas libertarias, de oficios manuales y autodidactas, y de preocupaciones literarias e intelectuales plasmadas en grupos y revistas tan diversos como el Centro de Estudios Francisco Ferrer, los periódicos La Batalla y Verba Roja y las revistas Claridad, Numen y Babel.

La entrañable amistad de estos dos hombres, que los llevaba incluso a sugerirse temas y episodios para incluir en sus respectivas obras, ha atravesado las épocas para llegarnos hoy, en este mundo de inmediatez e individualismos, como una luz taimada de solidaridad y hermandad. Aquí van reunidos algunos testimonios, escritos a muchas manos, sobre esta amistad que perdura…

Obras Completas de Gonzalez Vera Caja

Santiago Aránguiz

– “Digámoslo de una vez: José Santos González Vera y Manuel Rojas fueron narradores que, por la autenticidad, rebeldía y el magnetismo que derrocharon, se convirtieron en escritores únicos, excepcionales, claramente distinguibles del resto de sus pares nacionales. Hay suficientes motivos para afirmar lo anterior: ambos fueron prosistas autodidactas que no terminaron sus estudios regulares de humanidades; provinieron de sectores populares; difundieron sus creaciones literarias en los mismos órganos de expresión; trabajaron en la Universidad de Chile; recibieron el Premio Nacional de Literatura y durante la juventud manifestaron un profundo descontento hacia la autoridad, el poder, los políticos y el capitalismo. Además, ambos comulgaron con los ideales ácratas, libertarios y anticlericales que aprendieron no desde el conocimiento teórico, sino del contacto directo con proletarios chilenos y españoles, especialmente por intermedio de los zapateros Manuel Antonio Silva y Augusto Pinto y del pintor Valdebenito, a quienes González Vera evoca con cariño como sus ‘maestros’. Asimismo, notables son los recuerdos de Rojas y González Vera sobre la rebeldía y el descontento generacional que caracterizó a los alumnos de la Universidad de Chile durante gran parte de la década de 1920.”

“…Después de leer ‘Vidas mínimas’, de González Vera publicado en 1923, Manuel Rojas le dijo a su amigo: ‘Tu prosa es como contar chauchas’. Economía de palabras, autenticidad y vocación narrativa son algunos de los rasgos principales de la escritura fibrosa desplegada por dos de los más grandes escritores nacionales, la misma que ahora provoca admiración y regocijo.”

Santiago Aránguiz: Hermandad ácrata, plumas anarquistas: Manuel Rojas y José Santos González Vera. Diario El Mercurio. Santiago de Chile 25 de Septiembre de 2005.

Pascual Brodsky

– “En su biografía de Manuel Rojas, González Vera propone ‘volver al concepto de que el estilo es el hombre’ (Algunos). Y el propio Rojas, acaso su mejor amigo, decía que no necesitaba leerlo si podía conversar con él día por medio. En verdad su estilo está casi despojado de literatura; la primera impresión al leer a González Vera es que uno está observando la vida, y no un artificio minuciosamente articulado, en su ritmo, en la precisión de sus palabras y silencios, detallismo evidente en su tendencia a publicar versiones ‘reeditadas y disminuidas’ de sus escritos anteriores. Tampoco pareciera que su sensibilidad necesita añadir demasiados miembros ficticios a la vida para que ésta sea digna de narrarse. Quizás por eso Manuel Rojas dijo que leer su obra es conocerlo a él.”

Pascual Brodsky: Prólogo a las Obras completas de González Vera. Cociña – Soria Editores. Santiago de Chile, 2013.

Armando Uribe

– “A través de este gran editor (Enrique Espinoza) y hombre de inteligencia, de bien y de amistad, conocí en 1959 a González Vera, su inseparable compañero; y algo más tarde a Manuel Rojas en persona, alto y grande en lo íntimo y también en su persona física, de pocas palabras, profundas siempre, con ceño que infundía mucho respeto y, a veces, un cierto cauteloso temor. Me invitaba en los años sesenta a tomar onces en un café encaramado en el séptimo piso de un edificio en calle Huérfanos, todas las semanas de invierno.”

“A don José Santos le gustaba hablar, y él mismo lo reconocía a sus encantados interlocutores que, sonrientes, le pedían siguiera con sus monólogos sabios y pintorescos. En cambio, escueto al escribir, enalteció un estilo sumamente apropiado a las realidades que narraba, simple, como una conversación inteligente con el lector, y un humorismo suave que velaba una sátira punzante pero no mordaz, sin rencor de ninguna especie.”

“…En los escritos…, como en todos los libros de Manuel Rojas y González Vera, no hay desperdicio posible. Hay que leerlos de principio a fin para ser de veras, en nuestro pobre Chile, persona civilizada. Enrique Espinoza me repetía el verso de la Epístola Moral de Fabio: ‘Imita con la vida el pensamiento’. Así ocurrió con José Santos González Vera y Manuel Rojas.”

Armando Uribe: Presentación a Letras anarquistas. Carmen Soria Ed., Editorial Planeta. Santiago de Chile, 2005.

Manuel Rojas

– “Yo lo conocí (a González Vera) en un centro de estudios sociales donde los anarquistas se reunían para darse grandes latas mutuas, y luego nos reuníamos en un círculo literario en San Diego con Victoria, que se llamaba el ‘Club de los Siete’. Queríamos publicar una revista, pero como no teníamos plata, González Vera la copió a mano y así circuló en dos manuscritos.

Manuel Rojas: Pelambre a González Vera, en “El escribidor intruso” de José Donoso. Ediciones U. Diego Portales. Santiago de Chile, 2004.

– “Nos conocimos cuando éramos aún muy jóvenes, adolescentes, y muchas veces compartimos la comida, los cigarrillos, los paseos, las privaciones y los trabajos, y en 1920, no teniendo yo dónde ir a vivir, abandonó él la casa de su madre y se fue conmigo, llevando su cama, a un conventillo de la calle Dardignac. En ese tiempo trabajábamos en la revista ‘Numen’, él como administrador de la revista y yo como obrero. Nos separaron las persecuciones de ese año. Tuvimos amigos y amigas comunes, casi todos desaparecidos. En una ocasión, en tanto yo vagabundeaba por Magallanes, él se llevó a mi madre a Valdivia, para que no estuviese sola.”

“No tengo en mi conciencia, escondido por ahí, ningún reproche que me hubiese gustado hacerle y que no le hice. Y esto como escritor y como hombre. Al contrario, no tengo sino elogios para él, a quien los elogios no le decían nada y casi prefería las críticas, mucho más si eran desagradables; le hacían reír y las reproducía en sus libros.”

“Todos saben, y él lo dice en sus libros, que durante su juventud fue anarquista. No dejó nunca de serlo, por más que se pudiera creer que ya no lo era. Toda su conducta lo demuestra: jamás perteneció a ningún partido político, jamás estuvo de parte de ninguna dictadura, ni de ningún sistema dictatorial.”

Manuel Rojas: Homenaje a González Vera. Santiago de Chile, 1971.

José Santos González Vera

– “A Manuel Rojas lo conocí cuando sólo escribía versos. En la cubierta de su pequeña mesa, fuera de sus manos, había cigarrillos y una ruma de carillas en blanco. Hacía un verso y lo corregía. Una vez acabado copiábalo en otra hoja y agregaba el siguiente, que sufría afinaciones y ajustes copiosos. Ambos pasaban a la tercera. El soneto alcanzaba forma definitiva no antes de atravesar por cuarenta o más cuartillas.”

“Los que conocen a distancia a Manuel Rojas lo suponen poco menos que mudo, muy áspero y hasta peligroso. Dado lo alto que es, llegan a figurárselo dispuesto a aprovechar tamaña ventaja para abalanzarse contra su interlocutor. Esta impresión de fuerza y adustez contiene a muchos que querrían conocerle. Se resignan, no sin melancolía, a mirarle de lejos. Los más valerosos, que siempre son los menos, van en su busca, resueltos a sufrir lo que sea. Y entonces sucede algo que los deja más sorprendidos todavía. El temible escritor habla con el desconocido en tono de confidencia, en voz baja, calculada para él solo. Y, además, habla como la Biblia, acaso sin la dureza de ésta, pero con la misma verdad, porque Manuel Rojas es la veracidad en persona.”

González Vera: Manuel Rojas. Revista Babel, N° 60. Santiago de Chile, 1951.

– “Cayó el telón y el consueta, que era un tal Manuel Rojas, tan alto como serio, fue saliendo de la concha y le enderezó a Valdevenito una mirada ácida. Hasta llegaron a temer que hablara.”

“Cuando le fui presentado, el consueta descansaba sobre una mesa con sus piernas colgantes. Estiró una mano sin sonreír, sin decir su nombre y hasta se podría decir que acentuó la seriedad de su rostro. Era como para alejarse al momento. Sin embargo, así procedía la mayoría de los chilenos, y aunque ya se sabía que la sonrisa es un bien universal, no caían en esta tentación sino en la intimidad, ante parientes y amigos entrañables. Correspondía tal costumbre a un estado varonil.”

“El consueta estaba cubierto con sombrero de felpa café y tenía envuelto el cuello con un pañuelo de seda, de generoso tamaño. Yo no encontraba qué hacer. Dije unas pocas palabras, luego agregué otras. Dejé pasar un instante y seguí, cada vez más cohibido, hablando. El miraba hacia no se sabe dónde y no me alentó ni con monosílabos. Lo peor era que no hallaba cómo alejarme decorosamente. De súbito se levantó y, sin mirarme, dijo: – Me voy. Y se alejó presuroso. Al caminar llevaba el busto y la cabeza algo inclinados, y el movimiento de su brazo derecho era mayor. Demoré bastante en saber que era Manuel Rojas. Pronto leí prosas y versos suyos. Lo seguí viendo en centros obreros. Llegaba, sin perder tiempo en saludar, quedábase quieto y escuchaba.”

“Su capacidad más visible era la de oyente. Lo aproveché empleando el monólogo. Permitíame seguirle por horas y horas. Tal vez, al año, habló él en tono de confidencia durante largo rato. Daba gusto oírle por su acento sincero y poético. Su elaboración interior seguía un ritmo lento que no llegaba fácilmente a los labios. Algo detenía el flujo verbal poco más adentro de la garganta. Al romperse tal obstáculo, no se perdía tiempo oyéndole, pero esto ocurría tras largos períodos de silencio. Mientras duraba su mutismo, valíase de monosílabos. No obstante, si alguno caía en lo sentimental, hacía una excepción y replicaba con injurias polisílabas. En forma dolorosa, enseñaba el buen gusto.”

González Vera: Cuando era muchacho. Editorial Nascimento. Santiago de Chile, 1969.


Las Obras completas de González Vera, Cociña – Soria Editores – Santiago de Chile, 2013, incluyen las últimas ediciones de: Vidas mínimas, Alhué, Cuando era muchacho, Eutrapelia, Algunos, La copia y otros originales y Necesidad de compañía.


Obras Completas de Gonzalez Vera - Tomo 1

Obras Completas de Gonzalez Vera Tomo 2


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