“Imágenes de Infancia Ampliadas”

Manuel Rojas - Imagenes de infancia y adolescencia Fin
Manuel Rojas Foundation. Santiago – Chile, 1st of may 2016

“I was born in Buenos Aires, Argentina, in a house located at Combate de los Pozos street, south of the city. It was a working-class neighborhood, a little left aside, like all proletarian things”. With these lines begins “Imágenes de infancia y adolescencia”, the book, a new complete edition by Tajamar Editores, was presented on Thursday 21th of April at the America Hall of the National Library of Chile. In this vibrant story, Manuel Rojas recalls a childhood and youth rooted in the working class neighborhoods of Buenos Aires, Rosario, Mendoza and Santiago, the book also stands as a profound portrait of the author.

Imágenes de infancia ampliadas

Treinta y tres años después de su primera publicación (Zig-Zag, 1983), esta obra póstuma es reeditada y ampliada con manuscritos inéditos que continúan, con avances y retrocesos temporales, la escena que cierra aquella versión, y que –como observa Jorge Guerra en el prólogo de este libro– revelan el carácter autobiográfico de la obra de Rojas. El volumen, además incluye tres crónicas dispersas y una serie de fotografías que guían al lector en su aproximación a las memorias de Rojas.

Manuel Rojas - Imagenes de infancia y adolescenciaLa presentación, la primera actividad del nutrido programa de conmemoración de los ciento veinte años del natalicio del escritor, estuvo a cargo de la editora Camila Matta y la académica Antonia Viu. Matta presentó el proceso, cuidado y exhaustivo, para lograr una clara consecuencia entre los originales del autor y la expresión editorial que da cuerpo al libro.

Camila Matta se detuvo especialmente en la descripción del largo itinerario de escrituras y memorias que emprendió Rojas desde fines de los años veinte y que tuvo distintas expresiones literarias, desde textos que aparecieron en revistas literarias hasta crónicas semanales en publicaciones misceláneas, pasando por el proyecto más formalizado de Imágenes de infancia, editadas por Babel en 1955. Destacó que en esta nueva edición Jorge Guerra decidiera dejar el final abierto, en el mismo punto en que Rojas detiene sus últimos escritos sobre aquellos años y que complementara la reconstrucción “rojasiana” del pasado con la inserción de notas y fotografías ajustadas estrictamente a los lugares y años en que se desarrollan los hechos.

Por su parte, Antonia Viu, directora del Magister de Literatura Comparada de la Universidad Adolfo Ibáñez, pone atención en que la supremacía de los lugares y los espacios por sobre la descripción sicológica de los sujetos del relato, conduce a una inequívoca preeminencia de lo colectivo sobre lo individual. El espacio, los espacios, que se describen hablan de un “Rojas caminante” el que, en palabras de Viu, “articula un mundo, no como acumulación de experiencias, sino simplemente por el hecho de participar de un espacio que es siempre también el de los otros”, y prosigue: “En estos tiempos de capitalismo tardío en que la escala de lo global nos excede permanentemente, Rojas habita la escala de los cuerpos, esa de los 52 kilómetros que debe recorrer a pie en un solo día para llegar a Chile”.

Finalmente Jorge Guerra se ocupó de comentar su temprano interés por estos escritos, en sus distintas versiones a través del tiempo, como un modo de ir en busca de la geografía humana y física que habitó Rojas. Del mismo modo el adentrarse en la reescritura episódica que constituye Imágenes de infancia y adolescencia le ha permitido establecer los variados temas que ocuparon al autor: la etnografía, la ecología, la historia…, todas materias que están presentes en su vasto oficio literario.

Imágenes de infancia y adolescencia – Tajamar Ediciones, Santiago de Chile – 2016

Palabras de Camila Matta – Sobre esta edición

Resulta poco frecuente que un editor participe de estas instancias y, más aún, que lo haga para hablar de su trabajo. ¿Cómo comenzar entonces? ¿Con una metáfora? ¿Alguna anécdota? Tal vez lo más certero es partir con otra pregunta, la misma que la editorial se hace cuando enfrenta una reedición: ¿cuál es la historia detrás de este libro? Pues, volver a publicar una obra implica hacerse cargo de su recorrido editorial. “La prosa nunca está terminada”, decía Flaubert, a quien Rojas alguna vez citó. Y me sirvo de esta máxima porque Imágenes de infancia y adolescencia es finalmente el resultado de un largo proyecto de escritos y memorias que el autor nunca concluyó. Un largo proyecto que comenzó con dos artículos, Imágenes de Buenos Aires – Barrio Boedo, publicado en la revista Atenea en 1931 y, luego, Imágenes de Santiago – El niño y el tranvía, en la revista Célula en 1932. Se trata de dos esbozos de lo que sería la primera manifestación formal de sus memorias, es decir, Imágenes de infancia (a secas), publicada por Babel, veintitrés años después, en 1955. Aquí no solo nos encontramos con los mismos sucesos, sino también con el mismo estilo iniciado en los artículos. El relato se fragmenta en episodios descriptivos que, como comenta Jorge Guerra en el prólogo de la edición de Tajamar, semejan fotografías donde el sujeto que narra queda relegado tras la mirada. Cada episodio se sucede cronológicamente y lleva un título que bien podría ser el pie de una imagen. Algunos ejemplos: “Empiezo en Buenos Aires”, “Continuo en Santiago”, “Nataniel Cox”, “Ñuble y Santa Rosa”. Pasan doce años, y entre junio y diciembre de 1967, Rojas vuelve a publicar estas mismas memorias, pero esta vez como una serie de crónicas semanales en la Revista Ercilla, donde retoma y continua la historia con la que cierra Imágenes de infancia. Los episodios se amplían y complejizan con reflexiones del autor. Los títulos cambian, dejan de ser descriptivos e imponen un sentido: “Gente pobre y heroica” y “La triste cara de la miseria” son dos ejemplos. Lo que fue remedo de la conciencia de un niño que observa se torna diálogo entre el escritor y su pasado.

Manuel Rojas decía que toda obra es una lucha contra el lenguaje, sin embargo, también lo es contra el tiempo, el tiempo irremediable. Continua trabajando sobre estos escritos, pero en 1973 lo alcanza la muerte. El manuscrito queda inconcluso y sin publicar, hasta 1983, cuando su hija María Eugenia lo entrega a Zig-Zag. ¿Qué hacer con un relato que no está terminado, y cuyo final queda abierto? Esta es la segunda pregunta que se hace el editor. Zig-Zag decide excluir dieciséis carillas y darle una estructura cerrada: parte en Buenos Aires, cuando nace Rojas, y finaliza cuando, ya adolescente, cruza la cordillera y arriba a Santiago. Así aparece la primera versión de Imágenes de infancia y adolescencia y, así, conocimos todos estas memorias. Hasta ahora, hasta esta nueva edición, en la que Jorge Guerra decide honrar el irremediable paso del tiempo, incluir las páginas inéditas y exaltar el final abierto. Este libro es más que un relato, es el registro de un proceso de escritura. De ahí que en este ejemplar se encuentren dos voces que intentan reconstruir el pasado, la de Manuel Rojas y la de su compilador, que lo hace, aunque desde el margen, en las notas al pie, en la inclusión de fotografías y también de los artículos con que se inicia este proyecto, pero especialmente en la restitución de los episodios omitidos en 1983.

Y si he contado este largo itinerario es porque esta edición implicó establecer una correspondencia entre todos los escritos que forman parte de las memorias de Rojas. Pues, la tercera pregunta fue: ¿cómo presentar este proceso de escritura? ¿cómo hilvanar, tanto en la gráfica como en el contenido, las primeras imágenes de niñez con los momentos más reflexivos y, sobre todo, con el narrador de las páginas inéditas que se deja llevar por un vaivén cronológico? Semejante desafío reclama un trabajo no agorafóbico, es decir, dispuesto a imaginar un libro sin final, sin fin. Esto se tradujo en decisiones que podrían parecer azarosas, como por ejemplo, la de dejar los asteriscos con que se marcan los cambios de episodio en el manuscrito, en lugar de dejar espacios, como en Zig-Zag, o en lugar de incluir los títulos de Imágenes de infancia y los aparecidos en la Revista Ercilla. Discretos asteriscos que, según cotejamos, Rojas sugiere emplear en sus manuscritos. También se tradujo en conversaciones sobre cómo diagramar la inserción de notas, dónde incluir las fotografías y los artículos. Nos propusimos no agobiar al lector y privilegiar una caja con márgenes amplios y notas que apostaran por recrear contextos con una prosa tan ágil como fluida. Decisiones todas que buscaron reflejar lo que, a propósito de otras escrituras de Rojas, Jaime Concha define como la obra de un autor que “se entrega [a un] trabajo artesanal de ajuste, de argamasa, para cubrir los intersticios que han quedado entre el primer relato y el siguiente. [La obra de un autor que] suelda desesperadamente, recubre, tapa los orificios, como si quisiera atrapar el tiempo por la cola, como si quisiera reconquistar tiempos idos y perdidos entre libro y libro”. Pero, como también concluye Concha, donde “ninguna masilla, aun la más quintaesenciada, es capaz de impedir las filtraciones del tiempo”. Esta es la escritura, este el tiempo que quisimos reflejar.

Manuel Rojas - JG - Camila Matta  - Antonia Viu F

Jorge Guerra, Camila Matta y Antonia Viu – Lanzamiento en la Biblioteca Nacional – 22 de abril de 2016

Palabras de Antonia Viu – El colectivo de Manuel Rojas

A pesar de lo conocido que es Manuel Rojas, de lo leídas que han sido sus novelas por varias generaciones, de la cantidad de ediciones que se han hecho de ellas desde mediados del siglo XX, y de haber obtenido el Premio Nacional de Literatura en 1957, existe mucho desconocimiento crítico de su obra, queda mucho por investigar, y ediciones como esta ayudan a entender mejor su imaginario y los temas que desarrollará después. Por otra parte, las sutilezas tipográficas que ha considerado esta edición, permiten entender la escritura no tanto como un ejercicio intelectual sino como uno de los tantos oficios que Rojas realizó a lo largo de su vida, una actividad con mucho de técnica y de montaje. Permanente reescritura, artesanía con palabras, creo interesante preguntarnos hasta qué punto la literatura es siempre parte de las tecnologías de su tiempo: en este caso, pensar –por ejemplo– la linotipia como metáfora del proceso de la escritura: esa enorme y compleja maquinaria que compone frases mecánicamente, y que Rojas llegó a dominar tan bien en su trabajo en imprentas.

Reeditar esta obra es importante además porque se aleja del canon de lo que mejor conocemos de Rojas: sus novelas. Solo recientemente editoriales independientes como Tajamar se han hecho cargo de los escritos aparecidos en la prensa o de las revistas en la que publicó sus textos… Las imágenes que reúne este volumen lo muestran antes de todo eso, pero en un momento que será fundamental en el rumbo que tomará luego su literatura: antes de las publicaciones anarquistas de la década del 10, de Revista Claridad, de la Universidad de Chile, de su incursión en el cine y en el teatro, de la Biblioteca Nacional y del Grupo Índice; antes de presidir la Sociedad de Escritores de Chile y de integrar el comité editorial de Revista Babel, por mencionar solo parte de las agrupaciones e instituciones con las que el escritor se vinculó. Las imágenes se remiten aún a la época de la infancia y de los oficios de la adolescencia, su época argentina o trasandina como diría su amigo el editor Enrique Espinoza, la época de la observación.

Manuel Rojas Vendedor ambulante BsAs 1901

Vendedor ambulante de verduras y frutas en una calle de Buenos Aires, 1901. Fotografía de H. Olds – Colección M. E. Giordano.

Central me parece, por ejemplo, las formas que asume lo colectivo en esta recopilación. Jorge Guerra señala acertadamente en el prólogo que en las “imágenes” lo individual de los personajes aparece desplazado por el espacio. A mí me gustaría insistir en esto y proponer que este rasgo de su escritura no responde a la voluntad de diseñar un bosquejo para un desarrollo psicológico posterior que vendrá en sus textos ficcionales o en las imágenes de adolescencia, sino que precisamente tiene que ver con el protagonismo de lo colectivo en todo los escritos sobre la infancia y juventud. Lejos de mostrar multitudes anónimas, sin embargo, estos diseñan figuras concretas, solo que no en tanto individualidades, sino como lo que podríamos llamar siguiendo al Agamben de La comunidad que viene “ejemplos”, vale decir “una singularidad entre las demás, pero que está en lugar de cada una de ellas, que vale por todas”.

Así, uno de los aprendizajes que cuentan las imágenes es que los hombres de Tierra del fuego, los de las cantinas del Barrio Coquimbo y Nataniel, los obreros en las colas con sus tarros de comida durante las crisis políticas que sacudirán a Chile en los años 20, son todos un mismo hombre en tanto su subjetividad es producto de un sistema normativo que los ubica en una posición dada, de la que muy difícilmente pueden salir, aunque “algunos señores liberales aseguren que esos hombres y otros hombres de igual o parecida categoría son así porque les gusta ser así; no quieren ser millonarios ni poetas, ni obreros calificados, ni héroes”.

Si las normatividades sociales fijan ciertas posiciones para el sujeto, se explica mucho mejor el protagonismo del espacio, y de los desplazamientos, que advierte Guerra. Así se entiende desde otra perspectiva también al Rojas caminante, ese que llega a Chile atravesando a pie la cordillera desde Mendoza, impulsado por una fortaleza que es mayor a cualquier impulso físico o de la voluntad. Trazarse un camino o alterar el de otro en este contexto, es alterar mucho más que eso.

Al salir a la calle, al caminar, Rojas articula un mundo, no como acumulación de experiencias, sino simplemente por el hecho de participar de un espacio que es siempre también el de otros. Como muchos artistas que desde otras convicciones hicieron del caminar una forma de borrar los límites entre arte y vida, desde las deambulaciones surrealistas a las derivas situacionistas, en Rojas la imaginación es una potencia que se expande en un trayecto espacial, en las huellas de un recorrido en el que los cuerpos se encuentran, se abrigan, sangran, pero sobre todo, siguen caminando. En estos tiempos de capitalismo tardío en que la escala de lo global nos excede permanentemente, Rojas habita la escala de los cuerpos, esa de los 52 kilómetros que debe recorrer a pie en un solo día para llegar a Chile.

Manuel Rojas Trabajadores en faena FFCCT 1908

Trabajadores del Ferrocarril Trasandino descargando materiales en plena cordillera, circa 1912. Del libro de P. Moraga: “El Ferrocarril Trasandino. La conquista de la Cordillera de los Andes”.

Marc Augé ha dicho que en la raíz de los miedos contemporáneos está el cambio de escala, que nuestro momento privilegia el tiempo real –saberlo todo en el minuto en que está aconteciendo– en desmedro del espacio real. Para el niño que Rojas fue, el espacio tenía la medida de lo abarcable por uno o varios cuerpos que se tocan y pueden avanzar juntos: “En los atardeceres”, nos dice, “en la acera sur de Independencia, entre Boedo y Colombres, nos reuníamos veinte o más niños y tomados de los brazos, formando una hilera que iba desde la pared hasta la orilla de la calzada, paseábamos de esquina a esquina, cantando canciones de la época”. El movimiento de los cuerpos que se ordenan autónomamente en función de un objetivo que los orienta, como el sistema circulatorio del cuerpo humano que estudia Manuel en la escuela, o como estos niños caminando y cantando tomados de los brazos, es una metáfora de lo social que aparecerá una y otra vez en estos textos y en sus primeros relatos.

Antes siquiera de importar por la literatura, por aquella rama siempre verde que empieza a hacerse visible en esta época para Rojas, los libros importan como otros cuerpos y valen en su materialidad: “dóciles, podía uno meterlos en los bolsillos, doblarles las esquinas de las páginas, abrirlos con un cuchillo o con los dedos, desgarrándolos, y nunca se quejaban y siempre daban todo lo que tenían”. Al acceder a los libros se entra en un orden comunitario, un espacio en el que cada hombre ha dejado su huella física. Los libros no solo se leen; circulan, se llevan, se marcan, se infectan.

Una última reflexión para cerrar: las imágenes. Siguiendo a Henri Bergson, Guerra explica el valor de las imágenes en la manera en que Rojas convoca el pasado y también va a establecer una relación entre estas y la importancia de lo fotográfico en el período que recortan estos escritos. En este sentido resulta significativo y acertado que esta edición contenga imágenes visuales también, muchas de ellas desconocidas o dispersas en distintos archivos. Juntas aquí por primera vez y vinculadas al texto mediante pies de foto adquieren la misma cualidad porosa del mundo que construye Rojas, un mundo en que los contornos entre seres, cosas y lugares se difuminan. No hay que olvidar que como ha visto la argentina Paola Cortés Rocca, el retrato fotográfico, al contrario de las imágenes porosas que construye Rojas, es una escritura del yo cuya forma límite es la fotografía, esa que certifica la identidad, un acto que funda la tarea de la criminología en la medida en que permite distinguir al delincuente del ciudadano. El Rojas que escribe, al igual que el médico libertario Juan Gandulfo y otros muchos anarquistas a los que admiró, rechazan esa forma de disección social –la identificación– que opera el estado y sus dispositivos de control, y de la que fueron víctimas más de una vez. Desde la lógica de asociatividad del anarquismo, las imágenes repelen el retrato como escritura del yo, como dispositivo de identificación, para privilegiar la imagen de un cuerpo social en su pluralidad y dinamismo.

En definitiva, si es verdad que este texto puede leerse en clave autobiográfica, también es cierto que lo autobiográfico es un lugar incómodo en Rojas porque implica la afirmación de un saber acerca de un sujeto que para él no es dado a la propia conciencia, es un saber desde dentro pero también con los otros; en la observación quieta, pero sobre todo en la acción; en un momento, pero definitivamente también en aquello que se despliega en el tiempo.

Sinopsis del libro – Video de Pablo Vial

Manuel Rojas Foundation

Home
Contact
Links
Site map
Copyright

Support the Foundation

If you have information or material about Manuel Rojas and want to share it or make a donation, please contact with the Foundation. We appreciate your support and generosity.