Lanchas en la bahía

Fundación Manuel Rojas. Santiago de Chile, 8 de junio de 2015

La editorial chilena Tajamar, nacida hace 13 años, acaba de publicar Lanchas en la bahía, la primera novela de Manuel Rojas. Su creador, el periodista y editor Alejandro Kandora, responde aquí a algunas preguntas sobre el variado catálogo de Tajamar y su particular interés por la obra de Manuel Rojas. Al final de la entrevista se reproduce el prólogo con el que el famoso crítico “Alone” introdujera al mundo literario al autor de Lanchas en la bahía: el joven Manuel Rojas de 36 años; prólogo que conserva toda su actualidad.

Entrevista a Alejandro Kandora

Al parecer, a Alejandro Kandora –gerente general de Tajamar Editores y de la distribuidora Cajón de Sastre– no le gusta dar entrevistas, pues dice que “los protagonistas son los autores y sus libros”, lo que queda demostrado por la gran diversidad del catálogo de Tajamar y la publicación de más de 150 títulos. “Tajamar”, el nombre de la editorial, hace referencia a los tajamares del rio Mapocho: “reflejo del espíritu del ‘hombre moderno’, pues la famosa construcción se hizo en una época de grandes obras públicas y modernizaciones…”

15.06 Alejandro Kandora¿Podrías contarnos como nació y qué lugar quiere ocupar Tajamar Editores en el mundo de la edición chilena?

– La verdad es que nació de un cierto aburrimiento laboral mío como periodista y de la pretensión de trabajar como editor, una “tincada” que tuve ya en un fallido y atribulado tiempo como estudiante de derecho, una madrugada en que “calentaba” algún código de procedimiento y me decía que en esto yo no iba a trabajar ni loco.

La pretensión cultural fue desde un inicio bastante similar a la que se tiene hoy, aunque esta se ha ido ampliando con las traducciones y los libros infantiles. Básicamente esta es la de publicar buenos libros en ediciones cuidadas y construir un catálogo en que los libros dialoguen entre sí y con nuestra realidad.

El catálogo de Tajamar es muy diverso, va de libros infantiles y educativos, pasando por ensayos, poesía y narrativa; con autores tan variados como Rimbaud, Droguett y Rubem Fonseca. ¿Como defines tu política editorial?

– Fundamentalmente nuestras líneas de publicaciones son dos: narrativa y ensayo (o no ficción), y en poesía publicamos con pinzas, libros o autores muy específicos. Todas estas líneas incluyen reediciones de libros descatalogados, autores chilenos e hispanoamericanos contemporáneos y traducciones de libros actuales, como la obra de Rubem Fonseca o los ensayos de James Miller, o bien clásicos como “El gran Gatsby”, “El diablo en el cuerpo” o “Thomas el impostor”.

La colección infantil nació por una necesidad de mercado ya que desde hace años representamos a diversas editoriales extranjeras en licitaciones de Bibliotecas CRA del Ministerio de Educación, y varias de estas editoriales son venezolanas. Llegó un momento en que la situación para exportar libros desde Venezuela se hizo imposible (permisos varios, meses de trámite, etc.) de modo que en vez de importar los libros comprábamos los derechos e imprimíamos acá. E hicimos lo mismo con otras editoriales de otros países, pero este modelo de cierta manera hoy está en jaque por el encarecimiento excesivo de las imprentas consecuencia de la poca competencia en el sector.

Muchos dicen que Manuel Rojas ha perdido el lugar que se merece en las letras chilenas. ¿Qué mirada tienes sobre la obra de Rojas y su difusión en el país?

– Creo muy personalmente que la obra de Rojas es extraordinaria, y si hay algo que no entiendo mucho es por qué –al igual que la de muchos otros autores clásicos chilenos, como Eduardo Anguita o Díaz Casanueva, por nombrar dos poetas– no ha tenido la difusión internacional que le correspondería. Respecto de su circulación en Chile, creo que hay una “maldición” particular que le ha ocurrido, y es la de la conversión y relegación de su obra a lectura escolar. Lo que en sí no tiene nada de malo –y desde cierta perspectiva podría ser también una especie de bendición para muchos autores y editoriales–, en el caso de Rojas ha restringido y confinado su obra y la ha dejado expuesta a lecturas como la que narro a continuación: el escritor Marcelo Leonart me contó que cuando en el colegio le hicieron leer Hijo de ladrón el profesor les dio “el orden” en que debían leer la novela para poder leerla de una forma lineal y que así no les resultara tan “enredada”. Y no es que el profesor fuera un devoto seguidor de Cortázar que proponía lecturas dislocadas de sus novelas, sino que con la mejor buena intención del mundo se había dado el trabajo de ordenarla cronológicamente y decirles que del capítulo I se saltaran al V, y del V volvieran al III, por ejemplo.

Un tratamiento como este de su literatura, agravado por la inexistencia de ediciones que la propongan como una lectura posible para un público general, y sin dejar de mencionar lo decisivo que resultan los 17 años de dictadura en la desaparición de muchos escritores por la destrucción casi total de la industria editorial, han generado un empobrecimiento de la lectura de Manuel Rojas.

15.06 Lanchas en la bahia PortadaTajamar acaba de re-editar la primera novela de Rojas: Lanchas en la bahía, escrita hace más de 80 años, en 1932. ¿Crees realmente que aún es una obra vigente?

– Si hay algo que les hemos pedido con insistencia a los libreros, es que ni se les ocurra poner nuestra edición de Lanchas en la bahía en las secciones de libros escolares, sino que deben ponerla en el mesón de novedades al lado de la última novela de Rafael Gumucio o de Paul Auster, porque esa es la nueva lectura que esta edición propone.

Lanchas en la bahía como documento literario es importantísimo ya que testimonia el advenimiento de la modernidad en la cultura chilena y la incorporación de las nuevas técnicas narrativas. Es bueno comparar esta obra temprana con otras obras del período, como son las novelas de Orrego Luco. Mientras una cierra el siglo XIX la otra abre el siglo XX. Pero esta importancia dentro del sistema literario nacional no debe apartar la lectura, de la atracción y vigencia de su trama novelesca ni de la importancia de los temas abordados: el amor frustrado, las tribulaciones y la falta de destino de la juventud, lo que bien la puede convertir en una especie de bildungsroman proletario, la aparición de “la cuestión social”, el tratamiento de los personajes como seres discontinuos y fragmentarios y la imposibilidad de una identidad unitaria, etc. Hay un fragmento que a mí me parece particularmente fascinante y que reproduzco: Pero una vidriera absorbió mi imagen, la mezcló con otras y me la devolvió con la ligereza de un prestidigitador; era la imagen de un joven alto, delgado, cargado de espaldas, con las piernas un poco torcidas, vestido de negro y con una manta oscura al brazo. Era yo. Me sorprendí, pues en ese momento me sentía recio, ancho, con el pecho erguido y la espalda recta y llegué a creer que la vidriera había escamoteado mi imagen, devolviéndome otra, ajena. (p. 35)

Hay otra novela del período que hace sistema con Lanchas en la bahía por el tratamiento literario y por la temática que incorpora. Se trata de la extraordinaria “De repente”, de Diego Muñoz (1933), que nosotros también publicamos. Es interesante hacer una lectura conjunta de ambas novelas.

El 2016 se celebran los 120 años del nacimiento de Manuel Rojas. ¿Tajamar Editores tienen algún otro proyecto que contribuya a celebrar este aniversario?

– Sí, queremos seguir publicando a Manuel Rojas viendo cómo de un libro a otro se hace un sistema de contrastes y afinidades que genere nuevas lecturas, y para fines de este año está considerada la publicación de la versión integral de Imágenes de infancia y adolescencia.

El libro se encuentra a la venta en las principales librerías del país. Lanchas en la bahía. Tajamar Editores, Santiago de Chile, 2015.


Trascendencia de Lanchas en la bahía

Prólogo de Alone (Hernán Díaz Arrieta) a la Primera edición de Lanchas en la bahía, Santiago de Chile: Empresa Letras, 1932.

15.06 AloneCuando Maupassant fue presentado a Lemaitre, el crítico de “Los Contemporáneos” lo miró, lo vio ancho, macizo, colorado, hallóle facha de atleta, lleno de una robusta salud normanda, y se dijo: “¡Hum!, tendrás que aguardar para que te lea”. Efectivamente, pasó mucho tiempo sin abrir sus libros; no se resolvió a leerlos sino cuando la fama lo obligó imperiosamente. Hubo entonces de confesar su error: “Yo era estúpido —escribe—. Tenía mis ideas sobre el físico de los autores…”

El que juzgara a Manuel Rojas por las apariencias se vería expuesto, con mayor peligro, a una equivocación.

Su figura sugiere menos la del artista típico que la de Maupassant, mientras sus obras responden mejor a la imagen de la poesía fina, hecha de fantasía sensible, sobre una base de observación. Es grande, casi gigantesco, y desde su cabeza morena baja la mirada de unos ojillos apacibles que se dirían lentos, como su palabra, como sus ademanes. Lentos y apacibles. Da la impresión de una sólida masa, segura de sí misma y recogida. Oye con cierta especie de benévola distracción y no revela ninguna inquietud. Parece que, si uno lo dejara, podría estar muchas horas en silencio, impregnado en esa indiferencia de los fuertes para cuanto sucede en torno.

Su preparación, el tiempo que estuvo en el colegio, el medio ambiente por él respirado durante su primera juventud, tampoco se dirían los más a propósito para formar no ya un artista, pero ni siquiera un escritor. No alcanzó a estudiar humanidades. Llegó sólo, en un establecimiento de instrucción de Buenos Aires (es hijo de chilenos, nacido en 1896 en la capital argentina), hasta la cuarta preparatoria. La pobreza lo hizo trabajar pronto en tareas rudas y a los dieciséis años ayudaba a un maestro de obras en plena cordillera, hacía hoyos con sus manos, sujetaba postes de madera que era preciso clavar. Esto ocurría en la estación Las Cuevas, por donde va el ferrocarril transandino. Durante sus bajadas a Mendoza empezó a aficionarse a leer: un amigo tipógrafo le prestó libros revolucionarios y se hizo anarquista. Durante algún tiempo mandó correspondencia a un diario anarquista de Buenos Aires y ensayó escribir novelas. La falta de escrúpulos literarios le permitía una gran facilidad, que con el tiempo, felizmente, ha perdido. Todo aquello producía poco y la vida andariega y la necesidad de ganársela lo trajeron a la tierra de sus padres; en la bahía de Valparaíso fue cargador de lanchas y guardián nocturno, conoció a fondo el esfuerzo para librarse de la miseria, tuvo trato con toda clase de gente proletaria.

Pues bien, de toda esta combinación no ha resultado, como parecía lógico, ni un obrero más, huelguista y rebelde, luchador por “las reivindicaciones del pueblo”, ni un panfletista admirador de Gorki o un narrador turbio de historias truculentas, a base melodramática, con pretensiones ideológico-sociales. Nada de eso. Como para burlarse de los teorizantes literarios y dar un mentís a los psicólogos, la naturaleza ha hecho de Manuel Rojas, en primer lugar, un poeta de la más delicada, de la más exquisita sensibilidad, y luego un autor de cuentos y novelas, donde la ternura se apaga en ironía y la observación aguda, tranquila, se prolonga en imaginaciones llenas de gracia. Todavía más, por obra del invisible principio interior del alma misteriosa y omnipotente, no sujeta a leyes conocidas, este hombre, aparentemente condenado a la tosquedad de las formas, ha seguido una línea progresiva de sutil refinamiento y se ha hecho estilista, o ha logrado ese supremo milagro de la prosa: el equilibrio, la ausencia de extremos, la disimulación del arte por la perfecta y sencilla naturalidad.

Recordábamos a Maupassant.

Como él, parte Manuel Rojas de la observación directa y es profundamente real, sincero y simple ¡en su visión; no la deforma demasiado ni exagera nunca. Pero —por algo hay entre ellos cuarenta años de distancia— aguza más la nota y elabora la imagen del mundo, se desprende con mayor livianura del suelo en que el otro plantaba sus pies algo pesadamente. Claro que no pretendemos comparar la valía de ambas obras y guardamos siempre las proporciones entre Chile y Francia: queremos únicamente indicar el ligero matiz que los aparta y hace de ellos dos escritores pertenecientes a la misma especie, aunque de familia distinta. Manuel Rojas, con menor peso específico, tiende mejor hacia la poesía y la alcanza. El otro lo vence, tanto por el volumen como por la inmensa diversidad de tipos y el relieve extraordinario con que los pintó. ¿Acaso podemos pretender otra cosa que ensayar aquí en esbozo lo que allá se realiza con toda plenitud? Ya es mucho poder presentar algunos puntos de contacto con nuestro semejante.

Considerándolo siempre dentro de lo que en estas tierras suele producirse, Manuel Rojas ofrece otra característica notable: no se juzga a sí mismo definitivamente consagrado, no se admira incondicionalmente y trabaja, estudia, lee, amplía sin cesar el círculo de sus luces sobre el mundo, corrige y vuelve a corregir, siempre insatisfecho, y de este modo avanza un paso o muchos pasos a cada nueva obra.

Lanchas en la BahíaLa última, estas Lanchas en la bahía, nos produce el deleite de la producción madura.

La invención no desempeña gran papel en su trama y no hace falta. El personaje nos interesa porque lo sentimos verdadero y nuestra vida se transfunde fácilmente a la suya. Lo vemos, lo tocamos, sus estados de ánimo se nos comunican y salimos de nuestro pequeño yo casero. Vamos con él por las calles de Valparaíso y asistimos a todos los espectáculos que presencia. Un pobre hombre de buen corazón nos protege; otro, colosal, alegre, devorador, nos lleva por ciertas callejuelas, cierta noche. ¡Y qué fiesta aquélla, qué ensordecedores cantos entre esas mujeres! Hemos estado en sitios harto peligrosos, entre criminales y prostitutas. Nada nos ha sucedido. Hemos amado, hemos sufrido, hemos gozado con sensaciones finas y con groserías. Todo se transmutó para nosotros, mediante el arte, sin perder su esencia. Descubrimos ruidos nuevos, sentimos sonar de otro modo las carretelas madrugadoras por el pavimento, y las casas colgantes de los cerros se nos aparecieron distintas, aunque reconocibles. Pasamos noches de sueño en medio del mar, temblamos ante una aparición nocturna que también temblaba; y sonreímos de nosotros, porque éramos a un tiempo escenario, personajes y contempladores, más que desdoblados, triplicados, multiplicados.

¿Qué vendría a hacer aquí la intriga aventurera, la complicación emocionante, la situación tremebunda? Todos son recursos para el que no puede conmovernos con la sencillez, gritos del que ignora la música justa y el acento penetrante. Manuel Rojas no necesita nada de eso, porque es poeta y tiene buen gusto. Las cosas que dice le pueden haber sucedido a cualquiera y casi con seguridad son las mismas que a él le acontecieron. Si nos las contaran con otras palabras, probablemente nos aburriríamos. La poesía no admite resumen ni traducción. Consiste en una fórmula mágica, en un ritmo. No es anécdota. Es como un encantamiento lleno de misterio, una obra de seducción íntima donde no puede señalarse la línea en que la verdad empieza a agitar las alas y en que la fantasía, recogido el plumaje, posa de nuevo,, delicadamente, los pies sobre la tierra. Vacilación imperceptible que presta al mundo el aspecto de un sueño verdadero. Nada de eso se explica ni se sabe; únicamente reconocemos, después de haber leído, que el mundo encierra más secretos de los que dice la filosofía y que nunca debemos creer que se han agotado los manantiales.

Desesperábase Lemaitre con la perfección algo cuadrada de Maupassant, ese “narrador vigoroso y sin defectos que produce obras maestras como los manzanos de Normandía dan manzanas”. Para un crítico es un escollo una obra sin defectos. El crítico necesita caracterizar y ¿cómo hacerlo sin el relieve de altos y bajos, luces y sombras? Los caricaturistas abominan de las cabezas clásicas.

Le hemos buscado insistentemente, malévolamente, la “juntura de la coraza” a esta pequeña novela de Manuel Rojas, tan abierta al parecer y tan sin armadura.

No se la descubrimos.

Otro, un lector, aunque entusiasmado nos dice:

—Muy interesante, muy bien escrita… Le falta trascendencia…

Cierto.

Y ésa constituye para nosotros una de sus más amables cualidades.


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