Nuestra esperanza sólo puede venir de los sin esperanza – V

Hace algunos años, en los días en que empezó la invasión de Italia por los ejércitos aliados, escribí, para manifestar mi íntimo regocijo, un artículo que titulé: «De qué se nutre la esperanza»… Esperanza es una palabra que tiene un halo romántico y poético, es como cosa del futuro, una palabra suave y larga, de buen tono: parece indicar paciencia, resignación, pero eso es si se la considera como virtud teologal: confiar en Dios es tener esperanza; pero, aunque la palabra, en ese sentido, indica paciencia y resignación, en otro sentido no es así. Porque a veces el ser humano, si puede, y casi siempre puede, trabaja o actúa para que su esperanza se haga realidad…

Casi no se puede concebir un ser humano que no tenga una esperanza, siquiera una, pero la verdad es que hay muchos que no la tienen. La miseria y la ignorancia trabajan contra la esperanza, matan la esperanza. ¿Qué esperanza? ¿De qué esperanza me habla? ¿Esperanza de qué y para qué? En el fondo de los conventillos y de los campos, en los ranchos del sur y del norte, en las rinconadas y valles, en los caseríos de la costa y de las orillas de los ríos, del Maule o del Bío Bío, del Valdivia o del Rahue, entre las selvas y los lagos, en las islas, hay centenares de miles de seres humanos que no tienen esperanzas de nada. Sus familias viven en las mismas condiciones en que han vivido durante trescientos o cuatrocientos años o más, sin ningún horizonte mental, sólo un horizonte de agua o de tierra, de soledad, de miseria, de ignorancia.

Pero un estudiante francés escribió, en algún muro de París, durante las revueltas de 1968, una frase que decía: «Nuestra esperanza sólo puede venir de los sin esperanza». ¿Qué quería decir con eso? ¿Cómo nuestra esperanza puede venir de los sin esperanza?

Para aclarar esa frase deberíamos tal vez recordar y remontarnos a los tiempos de los faraones, aunque el hecho que aclara esa frase ocurrió mucho después: cuando un faraón moría y se le depositaba en su tumba, se le dejaba cerca, para ser utilizado en su viaje a las tinieblas, agua y alimentos, entre ellos trigo. Tal ocurrió, entre varios, con Tut-ank-ammon (Imagen viviente de Ammon), que reinó durante los últimos mil años de la prehistoria. Fue enterrado en el Valle de los Reyes, cerca de Luxor, y fue desenterrado en 1922 por Lord Carnarvon y por Mr. Howard Carter, arqueólogos que hallaron, acompañando la momia del faraón, los alimentos señalados.

Tal vez el agua se había desvanecido, tal como el pan y la miel, pero el trigo, no sé qué clase de trigo, tal vez trigo fanfarrón o tal vez trigo cuchareta, que hasta hoy se cultiva en Andalucía y otros lugares del Mediterráneo, resistía aún: quizá se había deshidratado un poco, achicándose, pero cuando alguien tuvo la idea de hacer con él la prueba y lo metió bajo tierra y le echó unas gotas de agua para ayudarle, el triguito aquel sintió el llamado del hombre y se hinchó y echó una espiga, una pequeña espiga: aquí estoy. Y sacó pecho y creció. Sólo unas pocas gotas de agua bastaron para hacerle olvidar sus tres mil años de tumba faraónica.

En el caso de que hablamos, esas gotas de agua se llaman educación, ayuda, compañía. Y el trigo y la esperanza se irán para arriba.

MANUEL ROJAS
Diario Clarín, diciembre de 1970

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