Obras mayores

Manuel Rojas Obras Mayores
Fundación Manuel Rojas. Santiago de Chile, 21 de mayo de 2016

Las obras mayores de Manuel Rojas se han finalmente editado en Chile. Tiempo irremediable (Zig-Zag, 2015) reúne sus cuatro novelas fundamentales y Cuentos (Ediciones Universidad Alberto Hurtado, 2016) agrupa la mayoría de sus relatos breves. Aquí presentamos al lector un extracto de los dos prólogos de ambos libros. El primero, es de Ignacio Álvarez y lleva por título “Un puñado de pistas para entrar a Tiempo irremediable”, y el segundo —”Hablo de mis cuentos”— es del propio Manuel Rojas; en él el autor describe el origen de sus relatos y cómo estos le permitieron desarrollarse como escritor.

Tiempo irremediable

“No podemos cambiar nada de aquel tiempo ni de aquella vida;
serán, para siempre, un tiempo y una vida irremediables
y lo son y lo serán para todos…
¿Qué se puede hacer contra un tiempo sin remedio?
Llegará un día, sin embargo, en que este momento,
este momento en que navegamos por el río del tiempo,
nos parecerá uno de los mejores de nuestra vida…”

Manuel Rojas

Tiempo irremediable reúne por primera vez las cuatro novelas fundamentales de Manuel Rojas protagonizadas por su alter ego literario “Aniceto Hevia”. Esta tetralogía, cuya escritura ocupó casi por completo la madurez de Manuel Rojas, es uno de los logros mayores de la literatura chilena y sin duda el de más profundo alcance. El relato sigue la formación de Aniceto y narra su vida, desde la niñez de hijo de ladrón hasta su madurez cuajada por la presencia de las mujeres que amó y que le amaron. Lo acompañan en este caminar –desde Buenos Aires, Rosario, Mendoza y hasta Chile– un sinnúmero inclasificable de personajes: indigentes como El Filósofo Echeverría y Cristián Ardiles que viven de recoger gramos de metal en la playa; semi-indigentes como El Chambeco que mendiga institucionalmente para la “Olla del Pobre”; vagabundos como el hombre de las tortugas; miembros del hampa como Alberto; obreros manuales como Francisco Cabrera; un loco, un ladrón ideológico y anarquistas como Miguel Briones. Sujetos que viven fuera de cualquier institucionalidad.

En Tiempo irremediable Manuel Rojas traduce la vanguardia literaria a formas comprensibles para el ciudadano de a pie. Al mismo tiempo interviene en debates centrales del siglo XX, debates marcados por la esperanza y el desgarro que aún son contemporáneos.

Un puñado de pistas para entrar a Tiempo irremediable

Dice una lectora: Estudié en un liceo municipal y de provincia. Durante toda mi enseñanza media tuve que leer dos libros y dos cuentos. Cuando estaba en cuarto, influenciada por mi hermana que comenzaba a estudiar Licenciatura en lengua y literatura, le pedí a mi profesor de lenguaje que nos diera a leer algo. Me dijo que iba a ver, que tal vez leeríamos Hijo de ladrón. Nunca lo concretó. Por eso Hijo de ladrón me marcó, porque lo leí sola y mi vida cambió.

Manuel Rojas Tiempo Irremediable CajaEste volumen nos ofrece, por fin reunidas, las cuatro novelas que protagoniza Aniceto Hevia, creación y también retrato de Manuel Rojas. La tetralogía, como hemos llamado por años al conjunto, está formada por Hijo de ladrón (1951), Mejor que el vino (1958), Sombras contra el muro (1964) y La oscura vida radiante (1971). Las nombro siguiendo el orden en que fueron escritas y publicadas, aunque el ordenamiento que sigue cronológicamente la vida de Aniceto debe poner Mejor que el vino al final, como se hace en esta edición, porque es la que llega hasta más tarde en su biografía.

Cuando envió el primero de estos textos al concurso que la Sociedad de Escritores de Chile había abierto en 1950, el título que Rojas había escogido era Tiempo irremediable. La novela no ganó el premio, pero de todos modos la editorial Nascimento la publicó al año siguiente. Enrique Espinoza, que en realidad se llamaba Samuel Glusberg y cuya vida merece un estudio aparte, sugirió el título que lleva hoy, Hijo de ladrón. Los sentidos que guardaba el nombre original han quedado sumergidos hasta ahora. De hecho, muchos lectores que conocen bien la obra de Manuel Rojas desde hace años murmuran que, si pudiera editarse la tetralogía en una sola colección, esa colección debería llamarse Tiempo irremediable

El montaje

Dice un lector: Historias complejas. Estratos. Varios niveles que, novedoso para entonces, se mantenían flotando y se conectaban.

Born-Guilty-1955El primer hallazgo que hace el lector de Tiempo irremediable es que los hechos se le presentan en un orden distinto al cronológico. No es solo que lo descubra cuando se adentra en las novelas, es que el primer párrafo de Hijo de ladrón se lo advierte explícitamente: “Es una historia larga y, lo que es peor, confusa. La culpa es mía: nunca he podido pensar como pudiera hacerlo un metro, línea tras línea, centímetro tras centímetro, hasta llegar a ciento o a mil; y mi memoria no es mucho mejor: salta de un hecho a otro y toma a veces los que aparecen primero, volviendo sobre sus pasos solo cuando los otros, más perezosos o más densos, empiezan a surgir a su vez desde el fondo de la vida pasada”.

Se ha escrito bastante sobre este gesto audaz de Manuel Rojas, que suele llamarse montaje y que lo conecta con las tendencias contemporáneas de la novela europea y estadounidense. Suele decirse, por ejemplo, que su uso en Hijo de ladrón inaugura el relato de inspiración vanguardista en Chile, pero es una apreciación inexacta… También se suele decir que justo aquí, en este desorden, se esconde gran parte de la belleza de sus novelas…

Lo que es claro, sin embargo, es que el montaje transmite algunas ideas relevantes. Dice que la mala memoria de Aniceto Hevia está más cerca de su centro vital, que ese aparente caos le es más propio que cualquier forma razonada de recuerdo. Las cuatro novelas de la tetralogía, además, utilizan el procedimiento con un patrón parecido: furiosamente movedizas en un inicio, poco a poco van alcanzando una peripecia más o menos reconocible, de modo que al llegar al final el relato es perfectamente coherente… Es como si el montaje, denso y difícil de seguir al comienzo, fuera cediendo a medida que se avanza, o como si diera cuenta de un problema, de un enigma que la novela debe resolver y cuyo desanudamiento o respuesta se encontrara hacia el final…

La ficción autobiográfica

Dice un lector: Leí Hijo de ladrón en el Liceo, luego me encontré el libro en la calle con veinte páginas menos. Las copié a máquina y lo completé.

Otra estrategia que define la tetralogía es que se trata de ficciones autobiográficas, es decir, son relatos que los lectores debemos entender al mismo tiempo como si solo ocurrieran en el papel y como recuentos verídicos de la vida de Manuel Rojas. Para que se produzca este efecto es necesario que el autor, sin negar que son novelas, las vincule directamente con su vida. Manuel Rojas lo hizo muy frecuentemente a lo largo de su existencia, en muchas entrevistas y testimonios…

La ficción autobiográfica cumple varias funciones en estas novelas. Garantiza, en primer lugar, que todo lo que se nos cuenta viene avalado por la experiencia vivida. El mundo de los ladrones y los policías, el mundo del anarquismo, la gente de teatro, en fin, todos los paisajes, prácticas y personas tienen un sello de autenticidad. Garantiza, por otro lado, la integridad artística de la obra, porque nada de lo que se nos cuenta está aquí por obligación referencial o histórica. La novela sigue siendo un producto de la imaginación que recuerda…

Los protagonistas

Dice un lector: Mi mamá, fuente de todas mis lecturas importantes: Punta de rieles, Hijo de ladrón, Lanchas en la bahía. Leídos a los diez años, releídos siempre. Tenía que atravesar Santiago todos los días para ir al colegio en la época en que en el centro todavía vendían leche. En el Portal Fernández Concha un vaso de leche me juntaba la literatura con la realidad. Mi madre llegó a tercera de preparatoria y después se tuvo que ir a Santiago a trabajar de empleada, siendo niñita. Leía lo que pillaba por ahí.

Sombras Contra el MuroComo sea que la historia se cuente, en Tiempo irremediable lo más importante siguen siendo las personas, y conviene reparar brevemente en el modo que utiliza Manuel Rojas para representarlas. Buen lector de la narrativa nacional —en 1965 publica una Historia breve de la literatura chilena—, sabe muy bien que la pintura de los chilenos tiene un alto interés político, y por lo mismo propone un procedimiento artístico de gran precisión.

A un mismo sujeto, un hombre joven y sin herencia, por ejemplo, alguien que debe trabajar con sus manos para comer, le caben varias etiquetas según quién lo describa, cada una con sus propias connotaciones: roto, hombrecito, proletario, compañero, trabajador. De una manera tan hábil que uno solo se da cuenta más tarde, cuando ya las leyó, las novelas de Aniceto Hevia evitan todas estas categorías. ¿Son Aniceto y sus amigos unos rotos como lo es, por ejemplo, el Esmeraldo de la novela de Joaquín Edwards Bello? De ninguna manera: son jóvenes intelectuales, pobres de solemnidad, abstemios varios de ellos, orgullosamente letrados, pero no rotos. ¿Se parecen a los proletarios de Nicomedes Guzmán, esos hombres y mujeres cuyas alegrías y miserias han sido labradas por el trabajo asalariado, por el sindicato y la lucha contra una empresa o contra el capital? Para nada: trabajan, sí, pero a su aire y por su cuenta, de un lado a otro del país, sin establecerse o detenerse nunca…

Es una técnica sutil que tiene importantes consecuencias políticas. La afirmación de una identidad sólida y cerrada, como lo hace la cultura proletaria, permite la identificación, la reunión y la articulación de muchos en torno a la lucha por los derechos y la justicia: es la apuesta de un Nicomedes Guzmán, por ejemplo. La representación de las identidades marginales en la forma de sujetos móviles y únicos, sujetos que no se dejan definir fácilmente —es lo que propone esta tetralogía— gana en libertad y en humanidad lo que pierde en influencia política directa…

La formación de Aniceto Hevia

Dice un lector: En cuarto medio un compañero me regaló Hijo de ladrón jugando al amigo secreto. “Esta hueá te va a gustar a vos, comunacho”. Ese verano lo leí y me voló la cabeza. Y fue puro azar que nos topáramos: lo habían echado de otro colegio por ser un desastre como estudiante.

Pocos lectores han intentado pensar Tiempo irremediable como un conjunto. Se ha hecho difícil hacerlo, en primer lugar, porque hasta hace muy poco no contábamos con una edición unitaria que dispusiera las cuatro novelas, como podemos leerlas ahora. Y mucho colaboró a esta demora el largo silencio de la dictadura, años en que era difícil publicar textos que dialogaban estrechamente con sus contextos políticos, como Sombras contra el muro y La oscura vida radiante.

La Oscura Vida RadianteGrínor Rojo es autor de una de esas pocas lecturas panorámicas, y tiene la ventaja adicional de ser muy reciente. Propone que leamos la tetralogía como una novela de formación (la palabra alemana para este género es “Bildungsroman”), es decir, fijándonos en el crecimiento de Aniceto desde su precoz adolescencia hasta su madurez. En las novelas de formación clásicas la madurez se define por la integración del joven o la muchacha a una sociedad que los acoge, y eso significa que el joven o la muchacha deben aceptar y hacer suyos los valores de esa sociedad. En el caso de Tiempo irremediable, en cambio, Aniceto no acepta ni valida los valores del Chile de las décadas del diez y del veinte, y más bien se rebela ante ellos. Es una “contra Bildungsroman”, un relato que aboga no por la sociedad tal como es sino por una comunidad libre que, en palabras de Rojo, “se moviliza por carriles cuya localización se encuentra en los extramuros del sistema, que es distinta y opuesta a cualquiera de las que este preconiza y enseña”…

Cada una de las novelas encarna de un modo distinto su rechazo al sistema y su propuesta utópica. Cada novela, podríamos decir también, hace sus propias preguntas y llega a sus propias respuestas…

El tiempo irremediable

Dice un lector: Ayer preguntabas por lo que recordábamos de la lectura de Hijo de ladrón, de Manuel Rojas: los granos de azúcar brillando sobre el pan con mantequilla.

Llamar a la tetralogía de Aniceto Hevia Tiempo irremediable no es simplemente un homenaje al título que debió tener la primera de sus novelas. Tiene que ver con el sentido más profundo de un proyecto literario rico y complejo, uno de los proyectos literarios fundamentales del siglo XX chileno. Quizá unas pocas sumas y restas permitan verlo con claridad.

Mejor que el VinoManuel Rojas dedica más de veinte años de su vida a relatar la historia de Aniceto Hevia, desde 1951 a 1971, eso sin contar los doce que, según señala él mismo, demoró en escribir Hijo de ladrón. Esos años dejan cuatro novelas que en una edición estándar suman más de dos mil páginas. Todo ese tiempo, todas esas palabras se utilizan para contar un período muy breve de la vida de Aniceto, o de Manuel. Básicamente los ocho años que van desde su llegada a Santiago, en 1912, al inicio de Hijo de ladrón, hasta el año 1920, cuando acaba La oscura vida radiante. Entre sus dieciséis y veinticuatro años. Mejor que el vino alarga este período hasta la década de los cuarenta, y nos presenta ya a un Aniceto adulto y con hijos, incluso un Aniceto que ha enviudado…

Es como si Rojas hubiera dedicado la primera parte de su vida a la experimentación muda, a la experiencia sin literatura, y como si la segunda parte de su vida, la más larga y solitaria, estuviera destinada a la rememoración o bien a la comprensión de la primera. Se abre una especie de tajo, una hendidura entre la breve vida del muchacho, dispuesta a los encuentros fortuitos y al azar, una vida en la que no cabe la escritura, y la vida larga, cerrada y muda del escritor. ¿Cómo entender esa separación?

En una conferencia del año 2010 Jaime Concha decía que la “llamarada anarquista”, los años que van entre 1912 y 1920, fueron para Rojas el momento de la esperanza y la expresión de la utopía. El Aniceto viejo y memorioso y el Manuel que escribe la tetralogía percibirían la entera historia de Chile entre los períodos de Alessandri y Allende como la mortificación de la utopía, como la confirmación de que su reinado no es posible en este mundo. Rojas habría buscado recuperar un tiempo irremediablemente perdido, entonces, el tiempo de su esperanza…

Es una lectura enorme y estremecedora. Mi propia esperanza, con todo, es que no sea enteramente correcta. En la obra de Manuel Rojas hay todavía mucho combustible de futuro, y esta reciente resurrección solo puede corroborar que, junto al desengaño y la incertidumbre, su vida y sus libros tienen fe en lo que los hombres y las mujeres pueden llegar a construir.

Ignacio Álvarez – Santiago de Chile, agosto de 2015.

> Manuel Rojas: “Tiempo irremediable”. Editorial Zig-Zag, Santiago de Chile, 2015.


Cuentos

En los cuentos de Manuel Rojas asistimos a la gestión de su proyecto literario y al primer despliegue de su madurez. De los 32 relatos que publicó durante su vida, en efecto, 28 aparecieron entre sus 26 y 35 años.

El libro que lleva simplemente por título Cuentos reúne el conjunto de estos relatos, solo tres —aparecidos en los años 20 en diferentes diarios del país— no fueron incluidos aquí por el autor. Cuentos fue publicado por primera vez en Buenos Aires en 1970, por la editorial Sudamericana, tres años antes de la muerte del autor. En esa oportunidad Manuel Rojas revisó los textos en profundidad, los corrigió extensamente y escribió el prólogo que, en parte, se presenta a continuación.

Hablo de mis cuentos

Nací en Buenos Aires, Argentina, en la calle Combate de los Pozos, hijo de Manuel Rojas Córdoba, santiaguino, y de Dorotea Sepúlveda González, talquina. El 29 de abril de 1912, después de atravesar a pie la cordillera de los Andes, llegué por segunda vez a Santiago. El primer viaje lo hice cuando tenía cuatro años; en el segundo ya tenía dieciséis. Durante el verano de ese año trabajé en Las Cuevas y al bajar a Mendoza dejé allí algunas ropas; tuve que volver a buscarlas. La compañía del Ferrocarril Transandino, para el cual iba a trabajar durante el invierno que se venía, en la estación Las Leñas, me negó el pasaje; no pude presentar nada que certificara mi identidad y mi nuevo contrato de trabajo; no estaba yo en condiciones de pagarme el viaje, pues había gastado el dinero en comprar ropas para invernar, y la alternativa fue volver a pie o perder un colchón y dos frazadas, una fortuna para un obrero ferroviario, sobre todo en la cordillera. Decidido a caminar, pensé que debía aprovechar el esfuerzo y continuar hasta Chile. Si iba a caminar ciento setenta y cinco kilómetros, ¿por qué no caminar setenta y cinco más y llegar hasta Los Andes? Necesitaba ganarme la vida y a un obrero le da lo mismo ganársela en Argentina o en Chile. Por lo demás, este país me atraía mucho. Mi madre me había contado muchas historias sobre su tierra.

Manuel Rojas Cuentos PortadaMe uní a dos anarquistas chilenos que volvían a su patria y un poco a pie y otro poco escondidos en un tren de carga subimos hasta Las Cuevas. Recogí mis dos frazadas, dejé el colchón a un amigo chileno, recogí también al chileno Laguna, que manifestó deseos de irse conmigo, y seguimos. (El amigo chileno llegó en su oportunidad a Santiago, con el colchón prestado).

En Mendoza había conocido a varios anarquistas chilenos que llegaron a la Argentina huyendo del proceso conocido como el Proceso de la Sociedad de Oficios Varios, una entidad obrera anarcosindicalista; entre ellos estaban Teodoro Brown y Víctor Garrido, peluqueros, muertos ya los dos. También han muerto los que se fueron conmigo y los otros que conocí en Mendoza.

Al llegar a Chile sabía enmasillar y pintar y conocía algo del oficio de electricista, pues, en 1910, había trabajado en Mendoza en la iluminación que se hizo en la ciudad con motivo del Centenario de la Independencia. En Santiago viví, durante un tiempo, en la peluquería que Teodoro Brown y Víctor Garrido, que en Mendoza disfrutaron de la hospitalidad que les ofreció mi madre, mantenían en un barrio obrero de la ciudad…

Durante varios meses vagué de un conventillo a otro, leyendo, trabajando a veces y hablando sin cesar de anarquismo, de literatura, de ladrones, de mujeres, de arte. Algunos de los jóvenes anarquistas de los que me había hecho compañero decidieron convertirse en pistoleros al estilo de Bonnot y de Garnier —anarquistas franceses que por esa época se dedicaron a asaltar bancos para ayudar a la propaganda de sus ideas— y sin querer, peor aún, temiéndolo, me vi metido en vastos proyectos de robos de automóviles —ninguno de ellos sabía manejar ni siquiera uno de los tranvías de aquel tiempo— y de atracos a cualquier parte en donde hubiese dinero en cantidades apreciables… La llegada de mi madre a Santiago (había quedado en Mendoza) enderezó un poco mi existencia; por lo menos, tuve un domicilio estable.

En 1913, a raíz de una reyerta en que quedaron tres hombres heridos, tuve que huir a Valparaíso, en donde trabajé como guardián nocturno en la bahía y en seguida como lanchero. De vuelta a Santiago y tras una temporada de trabajo en un balneario de la costa de Santiago, me encontré con el hombre que me instó a que, sin pérdida de tiempo, me dedicara a escribir… Gómez Rojas tenía la manía o la virtud de aconsejar a sus amigos que se dedicaran a trabajos de orden artístico, tuvieran o no tuvieran disposiciones para ello o deseos de hacerlo…

Estimulado por él empecé a escribir poesías y produje las peores que se hayan escrito en el hemisferio sur. Estaba de moda el modernismo, con sus princesas, sus bohemios, sus cielos color violeta y sus tardes grises, y yo, que no tenía cultura literaria y que carecía de espíritu crítico, seguí la moda y hablé de las princesas con un desparpajo no igualado hasta este momento…

Entretanto, había entrado en relaciones con gente de teatro y el teatro terminó por arrastrarme: era un modo de ganarse la vida y de vagar. Me desempeñé como apuntador y gracias a ello pude comer durante unos años y conocer todo el sur de Chile y casi todo el norte. Con una compañía, finalmente, la de Arturo Mario – María Padín, salí de Chile en dirección a la Argentina. Era en 1922. La compañía terminó su gira en 1923, en Buenos Aires. Allí me quedé, en mi ciudad nativa, con una mujer nueva, la primera de ellas, y sin trabajo…

Era yo linotipista, además, y me puse a buscar trabajo. Mientras lo buscaba, el diario “La Montaña” abrió un concurso de cuentos con premios de trescientos, cien y cincuenta nacionales. En ese año el sueldo de un empleado modesto, de un profesor primario, por ejemplo, era de ciento veinte nacionales, y para mí, que no tenía ningún sueldo, aun el premio de cincuenta era atrayente. Decidí presentarme a ese concurso; pero ¿qué escribir? Recordé lo que había vivido: de alguna parte de esa experiencia debería salir el cuento. Escribí Laguna, un amigo lo copió a máquina y envíe el cuento al concurso. Poco tiempo después, todavía cesante, vi en un puesto de diarios un ejemplar de “La Montaña” en que se anunciaban los resultados del concurso. Necesitaba comprar ese diario, pero costaba diez centavos, y diez centavos era todo el capital de que disponía. Si lo compraba, debería irme a pie hasta el lugar en que vivía, distante como una legua; pero, para mí, que había andado, al atravesar la cordillera, cincuenta y dos kilómetros en un día, una legua no significaba nada. Compré el diario y me enteré de que había obtenido el segundo premio: cien nacionales. La legua me pareció una cuadra y media.

Meses después, ya trabajando como linotipista en el diario “La Patria degli Italiani”, la revista “Caras y Caretas” abrió otro concurso. Escribí El hombre de los ojos azules, lo mandé y me dieron también el segundo premio, quinientos pesos y una medalla de oro…

Escribí en seguida El cachorro y Un espíritu inquieto… y, ya de regreso a Chile, El bonete maulino, cuento que junto con los ya citados formó mi primer volumen.

Seguí escribiendo poesías y cuentos hasta bastantes años después, hasta el momento en que la novela me atrajo de una vez y para siempre. Escribí alrededor de treinta cuentos y los escribí en el espacio de tiempo que media entre 1923 y 1934, once años. Mis tres libros de cuentos contienen veintitrés en total… Dos o tres se perdieron, de seguro por irremediables.

* * *

Manuel-Rojas-El-Hombre-de-los-Ojos-Azules-640x1024Algunos de los cuentos merecen un comentario biográfico. Empezaré por los del primer libro (Hombres del sur). Laguna, el personaje de este relato era exactamente como está descrito en él y los hechos en que intervino fueron tal cual. Laguna —tal era su apellido—, sin embargo, no murió… Llegamos juntos a Santiago, desembarcamos del tren en la estación y nos encaminamos hacia el centro de la ciudad. Laguna no traía equipaje alguno y yo traía la maleta de que hablo en Hijo de Ladrón. Al despedirnos me pidió, por favor, que le prestara una de las dos frazadas que traía: yo iba hacia una determinada casa y apenas si necesitaría alguna; él iba hacia Las Puertas de Las Condes, punto situado ya casi al empezar la precordillera, e ignoraba si encontraría alojamiento en alguna parte. Me la devolvería apenas pudiera. Encantado de hacerle un favor, ya le había hecho tantos que lo tenía casi por hábito, le presté la frazada y no vi nunca más a Laguna ni a la frazada. No fue ese, por supuesto, el motivo de que decidiera, en el cuento, hacerlo desaparecer; lo hice desaparecer por exigencia de la composición literaria, más sagrada, para un escritor, que toda una fábrica de frazadas.

Un espíritu inquieto corresponde, o responde, a algunas reflexiones sugeridas por la lectura de los “Diálogos” de Platón, sobre todo por el que trata de la inmortalidad del alma. Hay en dicho cuento, sin embargo, una anécdota vivida: la que se relaciona con la sesión de espiritismo. Vivía en Buenos Aires, allá por el 24, Alejandro Flores, actor chileno, galán joven hasta su muerte, y vivía en compañía de Carmen Moreno, mujer bonita y sin grandes pretensiones intelectuales; y esta mujer, instigada por el actor, que había perdido poco tiempo atrás a una hermana suya a quien llamaban Fetiche, dedicaba algunos momentos al espiritismo… Una tarde, Alejandro y su mujer nos invitaron a tomar té. Fuimos, y a continuación del té nos ofrecieron el espectáculo descrito en el cuento… Poco tiempo después se me ocurrió escribir un cuento que contuviese todas o casi todas las reflexiones de carácter metafísico que me suscitó la lectura del Diálogo aludido, y como al escribir algo acuden a la mente, por simpatía, todos los elementos que directa o indirectamente tienen afinidad con lo que se escribe, ideas, hechos, sensaciones, reflejos, conscientes o subconscientes, resultó que la sesión de espiritismo y sus personajes principales, estos un poco caricaturizados, se metieron allí… un día que Carmen Moreno viajaba de Mendoza a Buenos Aires por ferrocarril, le ofrecieron, para entretenerse, una revista, “Caras y Caretas”. Empezó a hojearla y encontró un cuento: Un espíritu inquieto. Al terminar de leer la escena de la sesión espiritista, dejó de leer y pensó un poco: ella había visto algo parecido o tomado parte en algo semejante. Volvió hacia atrás y buscó el nombre del autor: Manuel Rojas. Sí, aquella mujer era ella. Me rayó de la lista de sus amistades y afectos. No nos vimos nunca más, ni por casualidad, a pesar de que vivimos años de años en la misma ciudad.

El cachorro está basado en una historia que se me contó mientras trabajaba en el campamento ferroviario que se describe en Laguna. Un día vi pasar, en dirección a Las Cuevas, a un hombre joven que llevaba un cayado y que caminaba al lado de las vías del Transandino. Iba adecuadamente vestido, lo que no sucedía con nosotros, cuya vestimenta era de una inadecuación extrema, y marchaba con el aire de la persona que camina para cumplir una función. ¿Quién es?, pregunté. Es un recorredor de la línea, me dijeron, explicándome en seguida qué significaba eso. Agregaron también la historia de su padre. Era todo. Cuando escribí el cuento, agregué por mi parte al sargento y su muerte a manos de Vicente Martínez. (“¡Qué sanguinario eres, papá!”, me dijo una vez una hija mía a quien explicaba las exigencias de la composición).

El bonete maulino no es más que lo que se cuenta allí y es una historia contada por mi madre, como también se dice allí. Agregué el breve prólogo y el relato salió de una vez, como si lo contara ella. Según decía ella, todo es cierto, excepto detalles que agregué. Bret Harte y otros criollistas son los responsables de El hombre de los ojos azules, una pura invención…

manuelrojaseldelincuente94El delincuente, de igual título que el libro y el primero que aparece en él, es una historia contada por el anarquista peluquero, Víctor Garrido, de quien ya he hablado. El asunto está tal cual fue recibido, excepto, claro está, lo que yo hube de poner. Del cuento que sigue hay varias cosas que decir. Hace algunos años, en un curso de Literatura Chilena del Instituto Pedagógico de la Universidad de Chile, el profesor y los estudiantes dedicaron unas sesiones al estudio de El vaso de leche… Quisieron fijar el lugar de la acción y desecharon en seguida cualquier parte de Chile: por el año en que se escribió el cuento, 1927, no había en Chile ningún negocio semejante al que se describe ahí; creyeron que podía ser Buenos Aires y se equivocaron y creyeron que el personaje era el mismo autor y se equivocaron también.

La verdad es otra: siendo muy joven conocí en Chile a un hombre, también joven, aunque no tanto como yo, a quien sus compañeros llamaban El Negro Nieves… El Negro Nieves conoció, entre los anarquistas de Santiago, a algunos jóvenes que se decían partidarios de la acción directa, locución que significa varias y peligrosas cosas, la menos inocente de las cuales es la que se refiere, en el campo anarquista, al hecho de conseguir dinero por cualquier modo, especialmente por medio de asaltos a bancos y otras instituciones que lo tienen o lo manejan. Se supone que ese dinero, aquel dinero, iría a dar a los fondos de los sindicatos anarcosindicalistas. Algunos anarquistas han hecho eso y por eso son recordados con gratitud por sus compañeros, pero otros no lo hicieron, aunque querían hacerlo, y entre ellos están los compañeros de Nieves y Nieves mismo, quien, seguro ya de su destino, abandonó su profesión y se unió a ellos. Pasó más hambre que un perro guacho, y al fin, casi exánime, renunció a los millones que habrían podido pasar por sus manos…

Después de esos años, un día que viajaba y leía un diario o un libro en un tren que había partido desde Constitución hacia el sur —yo también vivía entonces en la Argentina—, noté, de un modo casi subconsciente, que alguien me estaba observando. Iba sentado de espaldas a la dirección de la marcha del tren y el observador estaba frente a mí, aunque algunos bancos más atrás. Levanté la cabeza y miré: era El Negro Nieves. No hice ninguna manifestación y continué leyendo mi diario o mi libro, aunque de modo que podía observar sus movimientos. Siguió mirándome y se levantó de su asiento, caminó unos pasos y vino a sentarse frente a mí. No le hice caso, pero unos segundos después me habló:

—Perdone, señor —me dijo—, ¿usted ha vivido en Chile alguna vez?
—¿En Chile? —pregunté a mi vez. Lo siento, no, no he vivido en ese país.
Lo sentí desconcertado y le hablé.
—¿Por qué me lo pregunta? —inquirí.
—Porque… usted me recuerda a una persona que conocí en Chile hace años.
—¿Cómo se llamaba esa persona? —volví a preguntar, provocándolo.
Dijo mi nombre y ya no pude disimular más: me levanté y le di un gran abrazo, diciéndole: Sí, Negro, soy yo.

Resultó que vivíamos en el mismo pueblo, Lanús, aunque yo vivía más hacia el oeste, casi frente a la estación y pueblo que por ese tiempo se llamaban Talleres… Nos visitamos y nos contamos aventuras que habíamos vivido. Entre las suyas estaba la que sirvió para El vaso de leche: le había ocurrido en Montevideo…

Ese relato ha contribuido, más que ningún otro de los míos, a la difusión de mi nombre. Ha sido leído por millares de estudiantes chilenos y norteamericanos, en mis libros y en las antologías que los profesores de español que trabajan en USA confeccionan para ganar méritos; lo han estudiado otros tantos millares de estudiantes…

En 1957 visité Tulane University, en Nueva Orleáns. El jefe del Departamento de Español, cuyo nombre no recuerdo, me recibió. Preguntó:
—¿Cómo se llama usted?
—Manuel Rojas.
—¿Usted es el escritor Manuel Rojas?
—Sí  —repuse.
—¿Qué tiene que ver con Manuel Rojas Sepúlveda, cuya visita ha anunciado el Departamento de Estado?
—Resulta que soy el mismo.
—Lo anunciaron con los dos apellidos y no sabía quién era. ¡Pero, hombre, yo aprendí español leyendo sus cuentos, en especial El vaso de leche

Un mendigo se debe a algo contado por un anarquista argentino que llegó a Chile, se enfermó, tuvo que permanecer mucho tiempo en el hospital y al salir y buscar a un compañero fue confundido con un mendigo, tan acabado estaba el hombre. El trampolín es un asunto que sucedió y me fue contado por un médico, uno de los dos que figuran ahí. El colocólo salió de una superstición que existe en Chile. (“El colocólo es un ratoncillo muy bravo, anida cerca de las habitaciones, y la persona a quien le bebe la saliva comienza desde ese momento a enflaquecer y a desfigurarse, y concluye por morir si no se logra matar a tiempo al animalejo”…). Le agregué algunos detalles tomados de conversaciones con mi madre sobre esa superstición. La aventura de Mr. Jaiva es una historia real y me fue contada por el mismo protagonista, un cómico chileno. Pedro, el Pequenero (el pequen es una empanadita chilena, con mucha cebolla y jugo, pasión de algunos chilenos; si están borrachos, deliran por ella) es nada más que una pura invención mía, aunque tal vez tenga alguna influencia que no podría precisar. Un ladrón y su mujer es un relato basado en datos proporcionados por algún amigo. La compañera de viaje, último cuento de este volumen, está basado en una experiencia personal de mi amigo Adolfo Crenovich, ya desaparecido. Cuando sus hijos leyeron el cuento dijeron que su padre mostraba ahí facetas desconocidas por ellos, pero que no podían ser sino de él.

manuelrojastravesia197316Los cuentos de… Travesía, son nueve. El primero de ellos, Bandidos en los caminos, es una historia contada por mi madre. Le agregué lo indispensable. El hombre de la rosa es un asunto tomado del folklore chileno. Buscando temas, hallé en un libro del folklorista don Ramón A. Laval, “Cuentos populares chilenos”, la raíz de ese cuento. Eran unas pocas líneas y las transformé en ciento y en mil, procurando respetar y aun aumentar el tono mágico que poseían… La suerte de Cucho Vial está basado en una partida de póker jugada en la ciudad de Osorno por algunos desalmados, que apostaron como prenda a una mujer. Tenía tono de realidad, el hombre que me lo contó parecía serio y lo tomé. Canto y baile es, absolutamente, una creación literaria, aunque dos de sus personajes, El Maldito Atilio y El Chico Tobías, maleante el primero, punga el segundo, eran personas de mi conocimiento. El león y el hombre está también tomado del folklore chileno y en el mismo libro de Laval… El fantasma del patio es la versión estricta de una anécdota contada por miembros de la familia de la que fue madre de mis hijos, María Baeza. Algunos de esos personajes viven aún; los demás, la mayoría, han muerto, incluida la María Luisa del cuento, que años después se casó conmigo. El asunto ocurrió en la ciudad de Los Andes. Lo mismo o casi lo mismo sucede con Historia de hospital, contada por mi entrañable y recordado amigo el médico Juan Gandulfo, muerto hace tiempo en un choque de automóviles. El organizador de la broma fue otro médico, el doctor Hugo Vicuña, famoso por las que emprendía: en cierta ocasión armó una despedida de soltero a un colega que contraía el dulce vínculo, lo emborrachó y cuando lo tuvo borracho, con ayuda de otros perdularios, le enyesó las dos piernas, como si hubiera tenido un accidente. ¡Es de imaginar la cara que tendría el novio al despertar!… Poco sueldo es un asunto que ocurrió, palabras más o palabras menos, en un gran diario de la capital de Chile. Por fin, El rancho en la montaña es una creación basada en el conocimiento de una pareja que vivió hace años en el cajón del río Maipo, cerca de Santiago.

Los demás cuentos, cuatro en total, fueron escritos bastantes años después que los que acabo de examinar. Leyéndolos, se advierte el cambio ocurrido en mi prosa, un cambio que yo llamaría natural, no buscado, no impuesto. Quizá me había desarrollado otro poco, lo que era natural y, naturalmente, escribía de otro modo. Una carabina y una cotorra, que empieza recién a llamar la atención, es una historia casi toda vivida por mí: Pedro Lira era chileno, amigo de mi madre, y la mujer que figura ahí como mi madre no es otra que ella misma. Es un cuento autobiográfico, en cierto modo… Pancho Rojas es también una historia vivida, ahora en mi casa; todavía me duele. Mares libres no es más que un apólogo de la libertad y de la propiedad común: todo para todos, nada es de nadie. Cuando lo leyó el escritor chileno Mariano Latorre, aficionado a los cuentos sobre pájaros, me dijo: “Está bien. Se conoce que usted conoce los pájaros chilenos, pero no los conoce de propia observación. Además, no debió haber puesto todos los pájaros de una sola vez. Hay que ponerlos de a uno, para que el material dure más. Con su cuento, poniéndolos todos, usted ha jodido el asunto por una punta de años”. Zapatos subdesarrollados es un asunto que me contó una amiga mía, recuerdos de sus tiempos de visitadora social. Oro en el sur, el último de estos cuentos, está basado en un relato que me hiciera Julio Ortiz de Zárate, pintor y escultor chileno. Era un episodio de su juventud. Su padre, en efecto, era compositor de valses y otras piezas populares. Su hermano Manuel, pintor, vivió en Francia después y allí murió. Julio murió en Chile.

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Mis primeros libros de cuentos encontraron una buena acogida —nunca podré agradecer bastante esa acogida— y tuve una sola objeción, la que sigue: este escritor es literariamente vigoroso, construye bien sus cuentos y sus temas son interesantes; su prosa, sin embargo, carece de estilo. Esta objeción me mortificó durante mucho tiempo, pensé mucho en ella y a veces consulté a los amigos: ¿tengo yo estilo? Me aseguraron que lo tenía hasta prestar, pero pregunté qué era, específicamente, el estilo, y no hallé una explicación clara.

Al escribir mis cuentos, y mis primeras novelas, y aún ahora, nunca pretendí dar a mi prosa algo que pudiera llamarse estilo, en primer lugar porque no sabía qué era estilo y en segundo porque tal cosa no me preocupaba. Procuré usar un lenguaje de acuerdo con la condición del personaje, con el tema y el ambiente, no solo desde el punto de vista narrativo o reflexivo, sino también desde un punto de vista emocional, un lenguaje que lograra transmitir lo que me dominaba al escribir. Evité siempre el uso de palabras grandilocuentes o altisonantes, arcaicas o retorcidas, exquisitas o exóticas, falsamente filosóficas o pretendidamente originales… ¿Constituía el no uso de esas palabras mi falta de estilo o mi falta de estilo residía en que no usaba en forma regular ciertos giros o formas especiales? ¿Era necesario, para tener estilo, usar metáforas? No lo supe y no me preocupaba saberlo. Yo quería contar algo y el deseo de contarlo era superior a una preocupación de lograr un lenguaje de esta índole o de esta otra. Lo único que deseaba era contarlo de manera viva, con un lenguaje directo, fácilmente comprensible. Nunca me propuse deslumbrar a nadie: lo que quería, quizá inconscientemente, porque tampoco me lo proponía, era emocionar…

Esto no significa que tenga la pretensión de haber escrito esos cuentos con el lenguaje que sus temas requerían; de ningún modo; tampoco quiero afirmar que tuviese estilo. Mi lenguaje tiene, en muchos de ellos, sobrada deficiencia; muchas frases están como en el aire y no hay un buen equilibrio en la estructura de muchos párrafos. Al leerlos ahora, sobre todo mis primeros cuentos, tengo la sensación que debe sentir el hombre que, en plena marcha, se le desatan los cordones de los zapatos, y no puedo decir de ellos lo que Flaubert decía de Madame Bovary: “No sé lo que será de esta novela; pero tengo la seguridad de que no tendrá una sola frase floja”…

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Un último agregado: cuando tuve listo mi primer libro, aunque debiera decir mis dos primeros libros, pensé, antes que nada, en publicarlos en Buenos Aires. Era en 1926 y en ese año la única editorial visible, por lo menos para mí, era la Editorial Babel, dirigida por Samuel Glusberg, hoy y ayer Enrique Espinoza. No lo conocía sino de nombre y le escribí, ofreciéndole las obras. Me contestó diciendo que con mucho gusto publicaría esos libros. Una segunda carta mía preguntaba por las condiciones. La segunda de él aseguraba que la editorial no podía dar anticipos ni hacer liquidaciones: trabajaban a pérdida y solo podían ofrecerme doscientos ejemplares. Yo vería qué hacer con ellos. ¿Qué hacer con tanto libro?, me pregunté. Era linotipista de un diario de Santiago y no podría salir a vender libros, más aun: no tenía dónde guardarlos. Recurrí a Eduardo Barrios, el desaparecido autor de “El hermano asno”, y me llevó a conversar con Carlos George Nascimento, editor que me contrató los dos libros, dándome por ellos mil pesos: Hombres del sur, cuentos, y Tonada del transeúnte, versos. Aparecieron los dos en las postrimerías de aquel año, hace hoy cuarenta y tres de ellos. Y ahí vamos.

Manuel Rojas – Santiago de Chile, 21 de marzo de 1969.

>Manuel Rojas: “Cuentos”. Ediciones Universidad Alberto Hurtado, Santiago de Chile, 2016.

>Prólogo de Manuel Rojas: “Hablo de mis cuentos”. Ediciones Universidad Alberto Hurtado, Santiago de Chile, 2016.

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