Pasé por México un día

Después de 50 años de la primera publicación de Pasé por México un día, la editorial Catalonia reedita este libro en el que Manuel Rojas relata su viaje por el país azteca entre 1962 y 1963. “De Tijuana a Oaxaca, de Guadalajara al D.F., de los pueblos fronterizos a las avenidas atestadas de la capital, Pasé por México un día es un viaje transversal por un país que se descubre en la medida de que se lo lee, de que se lo escribe…”, dice el prologador de esta nueva edición, Álvaro Bisama.

Deme usted una silla y gente a quien mirar…

Según lo señalara él mismo, su aguda capacidad de observación —esa mirada que une la reflexión al registro en la memoria— la desarrolla Manuel Rojas en sus años de infancia. Ya en esa época había adquirido la habilidad que le permitía “…distinguir, valiéndome de mínimos antecedentes, la voz, la mirada, la calidad humana del que tenía enfrente, del que pasaba o estaba sentado en alguna parte”. El solitario niño que recorrió los barrios de Buenos Aires, Rosario, Mendoza y Santiago, desarrollaría esa capacidad de observación atenta toda su vida: una mirada de asombro permanente ante los seres y ambientes que frecuentó.

Pase-por-Mexico1Por eso la experiencia de Manuel Rojas en tierras mexicanas resulta, en muchos sentidos, una serie de descubrimientos cercanos al asombro primigenio. Junto a Julianne Clark, su tercera y joven esposa norteamericana, inician un recorrido por una tierra generosa en sabores de todo tipo y eso, o buena parte de eso, queda plasmado en Pasé por México un día, libro recientemente re-editado en Chile por la editorial Catalonia.

La atracción por México llevó a Rojas a contrastarla con la forma de conocimiento que declarara pocos años antes en un texto que habla de su método de acercamiento a una realidad geográfica y humana desconocida:

“Hay individuos que llegan a un país o a una ciudad y que piden, para enterarse de lo que allí ocurre, libros de historia, de antropología, estadística, etnología, folklore, arqueología. Nada. A mí deme usted una silla o un banco y gente a quien mirar, o árboles o pájaros si no hay gente, y quédese con todo lo demás…” (El árbol siempre verde – Adiós a la Habana, Santiago de Chile: Zig-Zag, 1960).

Esta experiencia mexicana, tal vez por su amplitud y por ser la más prolongada fuera de tierras chilenas, lo llevó entonces a informarse de los rasgos históricos, antropológicos y artísticos del vasto y variado universo nacional y en especial de la cultura náhuatl. De esta forma, sin dejar de lado la cercanía sensible del conocimiento directo, emprendió la lectura de textos que le ayudaron a acortar la brecha entre el observador atento y una realidad muchas veces contradictoria, desconcertante y compleja, como era la mexicana de esos años y que perdura en la actualidad.

Estas vivencias, que de ningún modo llegan a agotarse en los recorridos por el país, se acentúan con su compañera de viaje y estadía. Clark, con su juventud y mayor distancia cultural con la tierra que visitan, ayuda a mantener el asombro permanente, llegando, a veces a la incomprensión, hacia seres y situaciones que logran conocer.

El lazo afectivo que ambos construyen y que se refuerza a través de amistades como la del guatemalteco Augusto Monterroso, del argentino Arnaldo Orfila y de su mujer, la antropóloga italiana Laurette Sejourné, del chileno-mexicano Valentín Pimstein y de la pequeña Anaité, no se detiene solo en el mundo académico e intelectual sino que se enriquece en el contacto con los hombres y mujeres anónimos que les salen al paso, distintos y similares a los de todos los pueblos de América y sumergidos, muchas veces, en la pobreza campesina y urbana.

“Pasé por México…” sin ser rigurosamente un diario de viaje, recoge de manera ecléctica y fluida diversas técnicas literarias e incluso reivindica a la anécdota como materia esencial del relato. La narración se transforma así en una crónica magistral donde Manuel Rojas da cuenta de lo que él llamaba “una imagen geográfica y una imagen sensible” de la realidad.

Pero México no sólo fue un viaje por su geografía y su gente, también Rojas –como de costumbre– subsistió de diversos modos, especialmente como conferencista en universidades de diverso tamaño y prestigio y por supuesto como escritor. De su vida en el país azteca surgieron libros tales como una antología de la poesía chilena, titulada Esencias del país chileno, un Manual de literatura chilena, antecedente de su posterior Historia breve de la literatura chilena (ambos editados por la UNAM entre 1963 y 1964) y Cuentos del sur y Diario de México (México DF: Era 1963), libro en el que reúne algunos de sus cuentos y adelanta ciertas páginas de “Pasé por México un Día”.

Jorge Guerra

Tan lejos de Dios y tan cerca de Estados Unidos

Es injusto calificar a Manuel Rojas solo como uno de los más grandes novelistas chilenos, ignorando el resto de su vasta producción, en la que sobresalen el cuento, la crítica literaria, el ensayo y, cómo no, la gran crónica. Pasé por México un día data de 1965 y relata el enorme periplo, que duró casi dos años, mientras el gran autor y su última esposa, Julianne Clark, recorrieron buena parte del país en un Austin, se formaron las más encontradas impresiones sobre sus habitantes, alojaron en condiciones generalmente inhóspitas, hicieron esfuerzos sobrehumanos para darse a entender con los impasibles descendientes de mayas, aztecas, toltecas y cuanta civilización precolombina pobló esa atribulada nación y nos regalaron este hermoso libro, uno de los grandes testamentos del creador de Hijo de ladrón.

Manuel-Rojas-Pase-por-Mexico-un-Dia-1965Rojas nunca fue un turista literatoso típico, de esos que visitan lugares para formarse impresiones a la pasada y luego las ponen por escrito para recibir remuneraciones. Por el contrario, este viajero que ya había recorrido casi todo Chile y casi toda Argentina a pie, demuestra, a los 67 años, que era, en un sentido espiritual, mucho más joven que cuando fue un niño, que su curiosidad es infinita, que su cariño por esos extraños seres que se llaman hombres y mujeres no ha disminuido un ápice y que vuelve a mirar el mundo con los ojos abiertos, desprejuiciados y agudos que tuvo cuando, recién pasada la treintena, publicó la estremecedora Lanchas en la bahía.

“Pasé por México…” es, sin exageración, un milagro de espontaneidad, de inocencia y también de perplejidad, sorpresas, angustias, malos ratos y momentos verdaderamente maravillosos. Nunca queda muy en claro si el propósito de Rojas y Clark fue una estadía de carácter académico —en parte, sí lo fue y Rojas dio clases muy mal pagadas, en muchas ciudades—; una luna de miel, pues él acababa de divorciarse de Valerie López Edwards, para contraer matrimonio con Julianne, o bien algo así como un escape del desgaste que para el eximio prosista estaba significando dar clases en universidades norteamericanas, donde se recibe más que un puñado de dólares, aunque el alumnado de aquellos años parecía ser especialmente soso. El texto está compuesto a la manera de un diario, si bien muy luego nos damos cuenta de que sobrepasa ese género para dar lugar al relato magníficamente estructurado y, en definitiva, a pasajes completamente novelísticos con elementos —diálogos, personajes, situaciones, puntos de vista— que ya poseían sus mejores ficciones. Por si fuera poco, Rojas se había preparado de forma verdaderamente enciclopédica para esta jornada y, sin decirlo ni explicitarlo, al promediar el volumen tenemos cuadros profundos, complejos, arbitrarios, contradictorios y de caudalosa belleza sobre esa patria que Benito Juárez describió como “tan lejos de Dios y tan cerca de Estados Unidos”. Así, además de conformar un conjunto de historias extraordinarias, “Pasé por México…” es una introducción de lujo a la cultura prehistórica, a la etapa colonial, a la malograda primera revolución latinoamericana y a esos gloriosos enclaves urbanos, a sus tan diferentes gentes, a la constante agonía de un intelectual y un artista por entender bien lo que ve, por sentir con el corazón, por no dar sermones de tipo cerebral.

Rojas y Clark estuvieron, desde luego, acompañados por notables personalidades —el editor Arnaldo Orfila; su cónyuge, Laurette Sejourné; el literato guatemalteco Augusto Monterroso—; con todo, ellos y otros ilustres ciudadanos no son quienes quedan grabados en la memoria, sino los hermosos niños y niñas campesinos, la etérea gracia de las pobladoras de Oaxaca, el caos del Distrito Federal, el esplendor de Querétaro, Guanajuato, San Miguel de Allende, las comidas, los olores, los sabores, las texturas, el arte que surge por todos lados; en fin, tenemos sobre todo al pueblo, ese fenómeno a la vez telúrico y a la vez tan humano, que es, ciertamente, uno de los pueblos más originales del mundo. Rojas no lo dice ni lo insinúa, aun cuando tanto él como Clark se enamoran tanto de esa tierra increíble, que hasta piensan seriamente quedarse a vivir para siempre ahí. La llegada de María Eugenia, hija mayor de Manuel, cumple la función de remanso inicial, para luego proseguir con un entusiasmo todavía más feroz por conocer todo lo que se pueda de la ancestral civilización náhuatl.

En suma, es difícil, si no imposible, que, hoy por hoy, alguien entre nosotros escriba de esta forma.

Camilo Marks

Pasé por México un día está disponible en librerías de todo el país y en libro electrónico en Amazon.com.


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