Población esperanza

Población esperanza acaba de ser publicada y lanzada en la “Furia del Libro” por la editorial emergente Nadar Ediciones. Esta obra teatral de Isidora Aguirre y Manuel Rojas había permanecido hasta ahora inédita y sin embargo es una pieza inaugural y fundamental del teatro social latinoamericano. Junto a su rescate del olvido se vivió en la “Furia del Libro” la anticipación de un deseo: ver nuevamente sobre el escenario al mundo marginal y aún tan actual que retrató Población esperanza.

Población esperanza está basada en una premisa que dice: “El mal de los miserables es la miseria, y ni el amor divino ni el amor humano pueden salvarlos”. La primera parte es de Bernard Shaw; la segunda, de la firma Aguirre – Rojas.

Manuel Rojas

Emocionado hasta las lágrimas

De la exitosa gira por Montevideo y Buenos Aires que realizara el elenco original de la obra teatral Población esperanza en 1960, la actriz Mireya “Yeya” Mora, recordaba que, en la capital uruguaya, antes de iniciar la función y durante la interpretación del himno nacional de Chile, Manuel Rojas que los acompañaba en ese momento, emocionado hasta las lágrimas, le confesaría que lloraba de alegría porque el momento más significativo de su carrera literaria era realmente ese. Sorprendente revelación de un creador literario que hacía sólo tres años atrás había sido reconocido con el Premio Nacional de Literatura, especialmente por su vasta y trascendente obra narrativa. ¿Cómo explicarse, entonces, aquella emoción que lo remeció sobre un escenario teatral y no en su solitario y silencioso escritorio de cuentista y novelista?

Es posible que experimentara algo poco común para los escritores en general, más aún en aquellos años donde los medios de comunicación actuales eran inimaginables: el reconocimiento del público, directo y sin intermediarios. Pero también puede ser que ese momento fuera la materialización de un deseo: triunfar en el género dramático, en el ámbito teatral al cual Manuel Rojas perteneció desde sus años juveniles, incluso antes de enrumbar por el camino de la narrativa. “El teatro terminó por arrastrarme –señala Rojas–: era un modo de ganarse la vida y de vagar; gracias a ello pude comer durante unos años y conocer Chile…”

Por eso la reciente y primera edición de Población esperanza, inaugurando la serie de dramaturgia de Nadar Ediciones, constituye un importante reconocimiento de una obra, no sólo postergada en la historia del teatro chileno, sino también en la revisión de la extensa producción literaria de Manuel Rojas.

De consueta y apuntador a dramaturgo

Desde las anónimas, esforzadas y transitorias compañías de teatros obreros que lo vincularon con Acevedo Hernández, pionero del teatro social en la segunda década del siglo pasado, Rojas desempeña el oficio de consueta o apuntador en numerosas compañías de todos los calibres y de todas las suertes. Con Alejandro Flores hasta José Pérez Berrocal, pasando por Evaristo Lillo y Nemesio Martínez, todos nombres de la genealogía del teatro local, Manuel Rojas experimentó una serie de aventuras teatrales y, lo más determinante para su trayectoria de escritor, conoció de diversos lugares y tipos humanos que incorporó luego en sus obras.

Isidora-Aguirre-Manuel-RojasEl caso de Población esperanza encierra numerosos significados. Reúne, en coautoría, a dos figuras cumbres de la literatura chilena, Manuel Rojas e Isidora Aguirre; uno adiestrado en los textos narrativos y la otra en el arte dramático, inaugurando, en la trayectoria de Aguirre, el teatro de problemática social que prosigue con “Los Papeleros”, “Los que van quedando en el camino” y “Retablo de Yumbel”. Constituye también una inédita puesta en escena de la miseria urbana de la medianía del siglo XX, la situación física y humana de seres marginales situados en el límite de la existencia, apoyándose unos a otros y agotando sus precarios recursos para subsistir.

La actriz Gloria Varela, que estaba presente en el estreno como espectadora de la obra en el teatro de Concepción, señala: “Recuerdo haber estado en la platea, rodeada de mujeres regias, todas con pieles y joyas y en general gente muy elegante, porque en ese teatro maravilloso, a veces para algunas funciones se daban ambientes muy especiales porque para cierta gente significaba un gran evento ir al teatro, era un rito al que le tenían mucho respeto. Pero cuando se abrió el telón salió olor a pobreza de verdad del escenario en el que estaba instalada una población callampa de verdad. El escenario permitía trasladarse por completo a ese otro lugar y chocaba brutalmente con lo que pasaba aquí afuera justamente porque lo que ocurría en escena era tanto o más real que lo que ocurría en las butacas”. La obra fue reconocida por esos méritos y por la brillante interpretación del elenco, entre los que sobresalían jóvenes actores y actrices que pasarían a formar parte de la historia teatral chilena. Ahí, formando parte del Teatro de la Universidad de Concepción, estaban entre otros: Nelson Villagra, Delfina Guzmán, Luís Alarcón, Jaime Vadell, Andrés Rojas Murphy y Tennyson Ferrada; dirigidos por el gran maestro Pedro De La Barra, quien había abandonado su receso voluntario para hacerse cargo de la puesta en escena.

Otro aspecto relevante fue el trabajo de sus dos autores que, provenientes de ambientes disímiles, lograron una simbiosis creativa que hacía imposible reconocer el sello de cada uno de ellos en la unitaria obra. La propia Isidora Aguirre comentaba cómo la prensa de la época no acertaba asignando la construcción de los personajes a uno o a otro: “tan bien nos complementamos –señalaba– que los críticos comentaron que Filomeno, un mendigo que trabaja de mudo y tenía su drama, era lo mejor de Manuel Rojas, y en cambio a la graciosa mendiga Emperatriz que arrendaba criaturas, que era de Manuel, la atribuyeron por su comicidad, a lo mejor de Isidora Aguirre”. Tal fue el nivel de complementariedad, algo poco frecuente en el ámbito creativo.

La anticipación de un deseo

En la presentación del libro realizada el pasado 12 de diciembre en el GAM, en el marco de la Furia del Libro, se celebró el esfuerzo de una editorial emergente como Nadar Ediciones por rescatar una obra de un género postergado por las casas editoriales, y se vivió la anticipación de un deseo, ¿o una necesidad?: ver nuevamente sobre el escenario Población esperanza.

La lectura dramatizada a cargo de figuras jóvenes y otras no tanto, como Alejandro Sieveking y Catalina Saavedra, dejaron en el ambiente la posibilidad cierta de pensar en reponer esta obra donde la historia de amor e imposibilidad entre Flora, la joven y primeriza asistente social, y Talao, perseguido y atrapado por el destino de los derrotados, no terminó con la bajada de telón hace ya más de medio siglo. Por el contrario el tema y los personajes forman parte de nuestra actual realidad social y sólo ciertos aspectos superficiales han variado. Por eso pensamos que la edición del libro es oportuna y debe ser el primer paso para emprender el trabajo de montar nuevamente Población esperanza como una forma de remirar o revisar nuestra identidad y, de paso, volver a reflexionar, de la mano de dos grandes autores, sobre nuestro mundo marginal que late con sus muchas penas y sus pocas alegrías.

Presentación del libro por Nadar Ediciones

Probablemente Población esperanza sea una obra clave para comprender el momento inaugural de la dramaturgia y el teatro social chileno y latinoamericano, que comenzaba a despuntar hacia fines de los años 50. Aún así, es una obra que ha sido poco valorada y que ha pasado desapercibida para la mayoría de nosotros, incluso para las editoriales, que hasta ahora, que se cumple una deuda histórica, la habían mantenido inédita.

Poblacion-Esperanza-NadarEscrita en colaboración por Isidora Aguirre y Manuel Rojas, la obra fue estrenada en el Teatro de la Universidad de Concepción en 1959, con la dirección de Pedro de la Barra y un elenco que incluía a Luis Alarcón, Jaime Vadell, Delfina Guzmán, Tennyson Ferrada, Andrés Rojas Murphy y Yeya Mora, entre otros. Se trataba de la primera obra dramática de Isidora Aguirre que asumía la orientación social crítica que luego le mereció la fama con sus siguientes trabajos. Manuel Rojas, por su parte, incursiona en la dramaturgia al parecer por primera y única vez con este trabajo.

En una población marginal, distintos personajes conviven compartiendo día a día sus vidas, sus miserias y las esperanzas que alcanzan a tender en frágiles hilos. La sobrevivencia cotidiana va develando una historia que parece repetirse como si estuviera definida de antemano, en la que la esperanza por una vida más digna parece ser una ilusión absurda que trae siempre consigo frustración. El mundo popular aparece retratado de manera lúcida, sin la carga de un lente que lo deforme para idealizarlo o lo homogenice. La obra está cruzada por personajes de esperanzas truncadas que tienen como centro al Talao, un ladrón de buen corazón que mantiene buenas relaciones con los demás personajes, y la Florita, visitadora social que es sobrina del dueño del boliche en torno al cual suceden los acontecimientos, cuya historia de amor aparece bajo ese mismo signo.

Si bien la obra da cuenta de un conflicto social de gran alcance, en el que están enfrentados los intereses de los trabajadores y de los ricos, lo interesante es que explora cómo esos factores estructurales y sus lógicas de cierto modo se reproducen al interior de los sectores marginados, lo que se expresa en una idea en la que se insiste en la obra, en voz de Teo: “La miseria es un mal que no agarra sólo por afuera, agarra por dentro. Los que están en el hoyo, no tienen fuerza para salir. Y si asoman la cabeza, viene otro y lo empuja para abajo. (Bebe y agrega, sombrío). La miseria es el mal de los miserables…” De este modo, el conflicto dramático es entre Talao y Juan Reinoso (y Trifulca, que lo ayuda), aunque la lucha de Talao sea en realidad una lucha contra una sociedad explotadora y excluyente.

Sin caer en lo panfletario, la obra tiene una insinuación que empuja a pensar su desenlace no en clave de una desesperanza absoluta, sino considerando la posibilidad y, sobre todo, la necesidad, de apostar por una transformación social profunda. Lejos de agotarse en la denuncia o en la referencia a cierta contingencia, encontramos una acertada politización de lo social y de la cotidianeidad, que le da cierta universalidad y hace que el valor de la obra perdure hasta nuestros días.

Retomando la tradición de Antonio Acevedo Hernández, Población esperanza da cuenta de los inicios de una dramaturgia política y social moderna en nuestro país y de una nueva concepción del teatro. Subvalorada aún, esperamos con esta primera edición contribuir a que esta obra tome el lugar que le corresponde en la tradición chilena y latinoamericana.

Apoye a la Fundación

Si usted tiene información o material sobre Manuel Rojas y quiere compartirlo o hacer una donación, por favor tome contacto con la Fundación. De antemano agradecemos su apoyo y generosidad.